Discurso del Santo Padre Francisco
a los participantes en el XVIII Capítulo General
de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús

Sala Clementina
Jueves 1° octubre 2015

Queridos hermanos,
Les saludo cordialmente, empezando por el Superior General. Este encuentro tiene lugar en el contexto de su Capítulo General y me ofrece la ocasión de expresarles a ustedes y a todo el Instituto el reconocimiento de la Iglesia por el generoso servicio al Evangelio.

Ustedes se llaman -y son- Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús. Quisiera reflexionar con ustedes sobre estas palabras que son su nombre y su identidad.

Misioneros. Son servidores y mensajeros del Evangelio, especialmente para aquellos que no lo conocen o lo han olvidado. En el origen de su misión hay un don: la iniciativa gratuita del amor de Dios que les ha dirigido una llamada: a estar con Él y a ir a predicar (cfr. Mc 3,14). En la base de todo está la relación personal con Cristo, enraizada en el Bautismo, y, para algunos, reforzada por la Ordenación, de tal manera que podemos decir con el apóstol Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Este vivir con Cristo determina todo nuestro ser y obrar y se alimenta sobre todo de la oración, del permanecer junto al Señor, en la adoración, en el coloquio corazón a corazón con Él.

Es precisamente en este espacio orante que se encuentra el verdadero “tesoro” (Lc 12, 34) que queremos compartir con los hermanos mediante el anuncio. En efecto, el misionero se hace servidor del Dios-que-habla, que quiere hablar a los hombres y mujeres de hoy, como Jesús hablaba a los de su tiempo y conquistaba el corazón de la gente que venía a escucharlo de todas partes (cfr. Mc 1, 45), y quedaba maravillada escuchando sus enseñanzas (cfr. Mc 6,2). Esta relación de la misión ad gentes con la Palabra de Dios no se coloca tanto en el orden del “hacer” cuanto en el del “ser”. La misión, para ser auténtica, debe referirse y poner en el centro la gracia de Cristo que brota de la Cruz: creyendo en Él se puede transmitir la Palabra de Dios que anima, sostiene y fecunda el compromiso misionero. Por esto, queridos hermanos, debemos nutrirnos siempre de la Palabra de Dios, para ser su eco fiel; acogerla con la alegría del Espíritu, interiorizarla y hacerla carne en nuestra carne como María (Cfr. Lc 2, 19). En la Palabra de Dios está la sabiduría que viene de lo alto, y que permite encontrar lenguajes, actitudes, instrumentos aptos para responder a los retos de la humanidad que cambia.

En cuanto Combonianos del Corazón de Jesús, ustedes contribuyen con alegría a la misión de la Iglesia, testimoniando el carisma de San Daniel Comboni, que encuentra un punto determinante en el amor misericordioso del Corazón de Cristo para los hombres indefensos.

En este Corazón está la fuente de la misericordia que salva y engendra esperanza. Por tanto, como consagrados a Dios para la misión, están llamados a imitar a Jesús misericordioso y manso, para vivir su servicio con corazón humilde, encargándose de los más abandonados de nuestro tiempo. No se cansen de pedir al Sagrado Corazón la mansedumbre que, como hija de la caridad, es paciente, todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta (cfr. 1Cor 14, 4-7).

Es la mansedumbre de la mirada de Jesús cuando mira a Pedro en la noche del Jueves Santo (cfr. Lc 22, 61), o cuando invita a Tomás, el incrédulo, a poner la mano junto al Corazón traspasado (cfr. Jn 20, 27). Allí, de aquel Corazón, se aprende la mansedumbre necesaria para afrontar la acción apostólica también en contextos difíciles u hostiles.

Aquel Corazón que tanto ha amado a los hombres les empuja a las periferias de la sociedad para testimoniar la perseverancia del amor paciente y fiel. Que a partir de la contemplación del Corazón herido de Jesús pueda siempre renovarse en ustedes la pasión por los hombres de nuestro tiempo, que se expresa con amor gratuito en el compromiso de solidaridad, especialmente hacia los más débiles y desacomodados. Así podrán continuar promoviendo la justicia y la paz, el respeto y la dignidad de toda persona.

Queridos hermanos, deseo que la profunda reflexión sobre los temas del Capítulo, a la que se han dedicado en estos días, ilumine el camino de su Instituto en los próximos años, ayudándoles a redescubrir cada vez mejor su gran patrimonio de espiritualidad y actividad misionera. Podrán así continuar con confianza su apreciada colaboración con la misión de la Iglesia. Que les sirva de estímulo y ánimo el ejemplo de tantos co-hermanos que han ofrecido su vida por la causa del Evangelio, dispuestos incluso al supremo testimonio de la sangre. Es conocido, de hecho, que la historia del Instituto Comboniano está marcada por una cadena ininterrumpida de mártires, que llega hasta nuestros días. Ellos son semilla fecunda en la difusión del Reino y protectores de su compromiso apostólico.

Invoco sobre ustedes y sobre todos los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús la protección de María, madre de la Iglesia y madre de los misioneros.

Y, antes de impartirles la bendición, quisiera decir una cosa que no está escrita aquí, pero es una cosa que siento: yo siempre, siempre, he tenido una gran admiración por ustedes, por el trabajo que hacen, por los riesgos que afrontan… He sentido siempre esta admiración grande. Gracias.

 

Copyright Misioneros Combonianos - Colombia 2015