Paz, alegría, perdón, misión

Comentario a Jn 20, 19-31: Segundo Domingo de Pascua, 23 de abril del 2017

En este segundo domingo de Pascua, seguimos leyendo el capítulo 20 de Juan, que nos habla de lo que pasó “en el primer día de la semana”, es decir, en el inicio de la “nueva creación”, de la nueva etapa histórica que estamos viviendo como comunidad de discípulos misioneros de Jesús. La presencia de Jesús vivo en medio de la comunidad se repetiría después a los ocho días,  para tocar el corazón de Tomás, exactamente como sucede con nosotros cada domingo, cuando cada comunidad cristiana se reúne para celebrar la presencia del Señor.

El evangelio nos dice que Tomás no creyó hasta que puso sus manos en el costado herido de Jesús. Precisamente de ese costado herido de Jesús, de su corazón que se da hasta el final, surge, el Espíritu que permite a la Iglesia seguir viviendo de Jesús. Con el Espíritu la comunidad recibe los siguientes dones: paz, alegría, perdón, misión. Veamos brevemente:

  • “Paz a ustedes”

Jesús usa la fórmula tradicional del saludo entre los judíos, una fórmula que algunas culturas siguen usando hoy de una manera o de otra. En nuestro lenguaje de hoy quizá podríamos decir: “Hola, cómo estás, te deseo todo bien, soy tu amigo, quiero estar en paz contigo”. ¿Les parece poco? A mí me parece muchísimo. Recuerdo cuando el actual Papa Francisco, recién elegido, salió al balcón de la basílica de San Pedro y simplemente dijo: “Buona sera” (Buena tardes). Bastó ese pequeño saludo para que la gente saltara de entusiasmo. No se necesitaba ninguna reflexión “profunda”, ninguna declaración especial; sólo eso: una sencilla palabra de reconocimiento del otro desde una actitud de apertura y amistad.

Pienso en la importancia y belleza de un saludo cordial y cariñoso entre los miembros de una familia, reafirmando día  a día esa cercanía amorosa que nos da vida y alegría; pienso en el saludo respetuoso y positivo entre compañeros de trabajo que hace la vida más llevadera y productiva; pienso en esa mano que nos damos durante la Misa reconociendo en el otro a un hermano, aunque me sea desconocido; pienso en el gesto de comprensión y apoyo hacia el extranjero… Pienso en una paz mundial que necesitamos tanto en tiempos de gran violencia y conflictividad. En todas estas situaciones, Jesús es el primero en decirme: “Hola, paz a ti”.

Es interesante anotar que, saludando, Jesús muestra sus manos y su costado que mantenían las huellas de la tortura que había padecido. Es decir, la paz de Jesús no es una paz “barata”, superficial; es una paz que le está costando mucho, una paz pagada con su propio cuerpo. Nos recuerda que saludar con la paz a nuestra familia, a nuestro entorno laboral, a nuestra comunidad… no siempre es fácil; más bien a veces es difícil. Pero Jesús –y nosotros con él- es un “guerrero” de la paz”, un valiente, que no tiene miedo a sufrir.

  • Alegría: “Los discípulos se alegraron de ver al Señor”.

 La llegada de Jesús, con su saludo de paz, produce alegría. Como produce alegría la llegada de un amigo; como hay alegría en una familia o en una comunidad cuando hay aceptación mutua. No se trata de una alegría tonta, que oculta las dificultades, los problemas o hasta los pecados; no es la alegría de quien falsea la realidad o se droga con el vino, la droga, los placeres de cualquier tipo o un orgullo inconsciente e insensato.

Es la alegría de quien se siente respetado y respeta; la alegría de quien se siente valorado y valora; la alegría de quien se sabe amado gratuitamente y ama gratuitamente; la alegría de quien se reconoce como Hijo del Padre. Es la alegría honda de quien ha encontrado un sentido a su vida, una misión a la que entregar sus días y sus años, aunque eso implique lucha y sufrimiento. Es la alegría de quien ha encontrado en Jesús a un amigo fiel, a un maestro fiable, a un Señor que vence el mal con el bien.

  • Perdón: “a quienes perdonen les quedará perdonado”.

 La alegría del discípulo, como decíamos, no es la del inconsciente ni la del “perfecto”, que pretende hacerlo todo bien. Es la alegría de la persona que acepta ser perdonada y sembrar semillas de perdón. Jesús infundió en su Iglesia el Espíritu del perdón, de la misericordia y de la reconciliación. El Papa Francisco ha recuperado para nuestro tiempo este “principio misericordia”. La Iglesia no es el espacio de la Ley o de la condena; la Iglesia de Jesús es el espacio de la misericordia, de la reconciliación, el lugar donde siempre es posible comenzar de nuevo. Sin misericordia, la humanidad se hace “invivible”, “irrespirable”, porque, al final, no somos capaces de vivir de solo ley. Necesitamos la misericordia, la paz, la alegría de la fraternidad.. y eso solo viene realmente como fruto del Espíritu.

  • Misión: “Como el Padre me envió, así les envío yo”.

 La comunidad de discípulos, pacificada, perdonada, convertida en espacio de misericordia, se hace comunidad misionera, enviada al mundo para ser en el mundo precisamente eso: espacio de misericordia, de reconciliación y de paz. ¡Cuánto necesita nuestro mundo este espacio! ¡Cuán necesario es extender por el mundo estas comunidades de discípulos para que humildemente creyentes sean lugares de saludo pacífico, de perdón y de alegría profunda.

Antonio Villarino - Bogotá


 

 

La piedra removida

Un comentario a Jn 20, 1-9 (Pascua de Resurrección, 16 de abril de 2017)

Estamos en el último capítulo de Juan -si tenemos en cuenta que el 21 es considerado un añadido-. Aquí el evangelista nos transmite la experiencia de los primeros discípulos que pasaron de la decepción al compromiso, de la desunión a la comunión, del viejo Israel a la nueva comunidad de creyentes. Lo hace usando, como siempre, expresiones de gran resonancia simbólica, entre las que me permito resaltar algunas:

1.- “El primer día de la semana”

Terminada la creación (“todo está cumplido”, dice Jesús en la cruz), comienza el nuevo ciclo de la historia, el de la nueva creación. Jesús vino para hacerlo todo nuevo, superando la experiencias negativas. Él es el testigo de que Dios es siempre nuevo, de que es posible comenzar en nuestra vida un camino nuevo. Claro que, para que se produzca una nueva creación, es necesario saber morir a la vieja creación; hay que saber afrontar la muerte de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo. Tenemos que dejar de ponernos a nosotros mismos en el centro de todo: “Si el grano de trigo no muere, se queda solo; pero si muere, da fruto en abundancia”.

2.- “Por la mañana temprano, todavía en tinieblas”

La Magdalena va al sepulcro buscando a Jesús, no en la vida, sino en la muerte, sin darse cuenta de que el día ya clarea. María cree que la muerte ha triunfado”; por eso su fe está todavía en la penumbra. Ya clarea, ya hay nueva esperanza, pero no se ha abierto camino en el corazón y en la conciencia de aquella mujer que nos representa a todos.

Cuántas veces nosotros vivimos en el claroscuro, sin saber reconocer los nuevos signos de esperanza que Dios nos regala en nuestra historia personal o comunitaria.

3.- El sudario, los lienzos, la losa y el sepulcro

Se trata de cuatro objetos que, de por sí, nos hablan de un muerto y así lo entiende la Magdalena y los discípulos. El texto, sin embargo, nos habla de que la losa está removida, el sudario apartado, los lienzos ordenados y el sepulcro vacío. Ni la losa retiene al muerto, ni el sudario o los lienzos lo mantienen atado. La muerte ha perdido a su presa, aunque la Magdalena no acabe de verlo. A este respecto comenta Anselm Grün:

“La primera señal de la Resurrección es la piedra que ha sido retirada del sepulcro. La piedra que preserva del sepulcro es el símbolo de las muchas piedras que están sobre nosotros. Yace precisamente una piedra sobre nosotros allí donde algo quiere brotar en nuestra vida y nos estorba en la vida. E impide que nuestras nociones de la vida, que en cada momento emergen, lleguen a ser realidad. Nos bloquea, nos impide levantarnos, salir de nosotros, dirigirnos a los demás... Cuando una piedra yace sobre nuestra tumba, nos pudrimos y nos descomponemos dentro...”(p.98)

4.- Los discípulos recuperan la unidad

Los dos discípulos corren separados, como nos pasa cuando perdemos la fe y la esperanza.  Cuando las cosas no van bien, la gente se divide y se dispersa. El desánimo se acumula y reina el “sálvese quien pueda”. Pero después recuperan la unidad, una vez más atraídos por el recuerdo y la búsqueda de Jesús.

El discípulo amado (el que había estado con Jesús en la cruz) cede la primacía al que lo había traicionado). El discípulo fiel ayudará al compañero, pero sin recriminaciones, simplemente corriendo más que él. Buen ejemplo para nosotros: a los compañeros no se les recrimina ni se les pretende forzar a la fidelidad; simplemente hay que correr más y, al mismo tiempo, saber esperar.

La experiencia de los discípulos nos recuerda que Jesús vive, que su presencia se hace notar entre nosotros de muchas maneras y que, abiertos a esta presencia, también nosotros podemos salir de nuestros sepulcros, recuperar la esperanza, vivir el amor y triunfar sobre la muerte, la oscuridad y el caos. La muerte no tiene la última palabra. La vida, sí.

P. Antonio Villarino - Bogotá


 

 

La pasión de Jesús

Comentario a Mt 26, 14-27, 66 (Domingo de Ramos, 9 de abril de 2017)

Estamos ya en el Domingo de Ramos, con el que damos comienzo a la Semana Grande de las celebraciones cristianas. Hoy se lee la narración de la Pasión de Jesús, según el evangelio de Mateo. Como sabemos, la narración de la Pasión es la primera que se asentó en las comunidades cristianas, que, evidentemente, estaban muy impresionadas y afectadas por los sufrimientos y la muerte de su gran Maestro. También para nosotros es un gran momento para leerla con enorme respeto y devoción, tratando de involucrarnos con nuestro corazón.

La narración da para meditar un largo tiempo.  De mi parte apenas recuerdo algunas breves anotaciones:

1.- Entre la traición y la cena de amigos

La narración de Mateo, que leemos hoy, comienza con la traición de Judas, que está dispuesto a vender a Jesús por 30 monedas (el valor de un esclavo). Los sentimientos que este terrible hecho provoca en Jesús, los explica citando libremente el salmo 41, 10:

Hasta mi amigo íntimo, en quien yo confiaba, el que compartía mi pan, me levanta calumnias”.

El anuncio de esta traición del amigo se da precisamente en el contexto de la cena pascual, la cena de despedida, que se convierte en la cena a recordar para siempre, como de hecho está sucediendo desde hace 20 siglos. Los amigos de Jesús seguimos reuniéndonos todos los domingos en su nombre, compartiendo el “pan” de su cuerpo. Al recordar la amistad del Maestro, lo hacemos con gratitud infinita, con la decisión de serle fieles y de seguir con su misión en favor del Reino del Padre, aunque sin ser ingenuos: sabemos que entre nosotros puede haber traidores y que nosotros mismos podemos caer en esa triste tentación.

2.- La decisión de Getsemaní

Tuve la oportunidad de celebrar una vez la Misa junto a la piedra de Getsemaní en la que se supone que Jesús oró largamente y tomó la gran decisión de afrontar la muerte con valentía y confianza en el Padre. Sentí en aquella ocasión una gran emoción, contemplando a Jesús sumido en aquella batalla interior entre sus ganas de vivir y la certeza de que le tocaba entregar su vida en un acto supremo de generosidad y obediencia:

Siento una tristeza mortal… Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de amargura; pero no sea como yo quiera, sino como quieres tú”.

Esta contemplación me da fuerzas para saber afrontar las dificultades de la vida con confianza y firmeza, sin rendirme nunca ante las tentaciones del mal, las traiciones de los cercanos o de mi propia debilidad. A pesar de todo, el Padre está conmigo como estuvo con Jesús.

3.- El pueblo pide su muerte

Una de las cosas más tristes en esta narración es ver como la masa se vuelve contra Jesús pidiendo que lo crucifiquen. Se discute mucho si la muerte de Jesús se debe a Pilatos (por motivos políticos) o a las autoridades judías (por motivos religiosos). Mateo pone en boca del pueblo la siguiente frase: “Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsable de esta muerte”. Esta interpretación de Mateo es una llamada a nuestra responsabilidad en la marcha de las cosas. Fácilmente echamos la culpa de lo que no funciona entre nosotros al Gobierno, a la Iglesia o a cualquier otro. Parece que lo importante es echar la culpa a otro y rehuir nuestra propia responsabilidad. Sin embargo, la contemplación dela condena injusta de Jesús me hace pensar si también yo caigo en la tentación de la acusación falsa y fácil contra otros.

4.- La confesión del centurión: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”

El sentido final de la muerte de Jesús es precisamente mostrarnos su divinidad. Hay que resaltar que con esta humillación total (kénosis) Jesús, en contra de lo que a veces se piensa, no oculta a Dios, sino que lo revela en su verdad más auténtica. La verdadera igualdad de Jesucristo con Dios no queda oscurecida, sino iluminada, por la encarnación y la cruz.

Con esta actitud Cristo nos revela su propia divinidad y la del Padre, "porque Dios es amor. El amor de Dios a nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a su hijo unigénito para que nosotros vivamos por Él. En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo para que fuese víctima expiatoria por nuestros pecados" (1 Jn 4,8-10).

El anonadamiento de Cristo nos revela plenamente el ser de Dios que es amor, es decir, salida de sí mismo hacia el otro:

"En verdad, apenas habrá quien muera por un justo; sin embargo, pudiera ser que alguno muriera por un hombre bueno. Pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros" (Rm 5,7).

Antonio Villarino - Bogotá

 


 

Sal fuera de tu tumba espiritual

Comentario a Jn 11, 1-45 (5º Domingo de Cuaresma, 2 de abril de 2017)

 

Leemos hoy la historia de Lázaro, amigo de Jesús resucitado en Betania, donde vivía con sus hermanas Marta y María. Las primeras palabras de la narración nos presentan a un enfermo. Con toda probabilidad, la enfermedad de este hombre, como la del paralítico al que bajan por un tejado o la del que lleva 38 años al lado de la piscina, es más espiritual que corporal. A este propósito, podemos hacer las siguientes reflexiones:

1.- Lázaro me representa a mí, llamado a la vida

No nos quedemos maravillados porque Lázaro tuvo la suerte de vivir algunos años más y la mala suerte de tener que morir otra vez. Este milagro es solamente el anuncio de la verdadera resurrección, la cual no consiste en una prolongación de la vida, sino en la transformación de nuestra persona. La resurrección es primeramente espiritual y empieza desde ya, cuando por la fe el hombre sale de su manera de vivir, para abrirse a la vida de Dios”. (Biblia latinoamericana).

Lázaro es como la síntesis de la humanidad enferma, atenazada por el miedo a la muerte. Lázaro somos nosotros, enfermos de una vida mortecina (sin amor, sin fe verdadera, sin saber muy bien para qué hacemos las cosas).

2.- Lázaro es llamado por su nombre  

A Lázaro -como a Pedro, a Juan, a María y a los otros discípulos- Jesús los llamó por su nombre, lo eligió –“no me eligieron ustedes a mí, sino yo les elegí a ustedes–, sacándolo de la tumba para que viva como hijo, porque el buen pastor lo conoce personalmente. Como a Lázaro, también a nosotros nos conoce por nuestro nombre. No somos seres anónimos en la masa de los que asisten a misa. Somos únicos a los ojos de Dios, que es un Dios de vida y no de muerte.

3.- Lázaro, enfermo de muerte, representa también a los discípulos cansados

Dado que este evangelio fue escrito después de décadas de vida cristiana (con sus heroísmos, pero también con sus fracasos y deserciones) es de suponer que en la figura de Lázaro el evangelista se refiera a comunidades o grupos de discípulos que han perdido el entusiasmo, que han dejado de ser fieles, que se han dejado “morir” y hasta “enterrar”... hasta el punto de llevar cuatro días enterrados y oliendo mal. Este Lázaro enfermo de muerte representa a muchos cristianos y consagrados que parecen haber perdido el fervor primero, que ya no escuchan la voz del pastor, que se desinteresan por los buenos pastos...

Ante una situación en la que parece que algunos discípulos se desaniman y abandonan la fe, el autor de la carta a los Hebreos les escribe con palabras muy sentidas:

“Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, pues quien nos ha hecho la promesa es digno de fe... Nosotros no somos de los que se echan atrás cobardemente y terminan sucumbiendo, sino de aquellos que buscan salvarse por medio de la fe” (Cfr Hb 10, 23-39).

Contemplando la figura de Lázaro me pregunto: ¿Estoy yo acaso también “muerto” espiritualmente? ¿Me he encerrado en alguna “tumba” hasta el punto de permitir que algo se pudra dentro de mía y comience a “oler mal”?  En ese caso, la Semana Santa es un buen momento para escuchar la voz de Jesús que me dice:

“Amigo, sal fuera, sal de tu tumba; ven fuera y déjame darte un abrazo de amor y de vida, porque mi amor por ti no muere nunca”.

P. Antonio Villarino- Bogotá


 

 El ciego que ve y los videntes que no ven

Comentario a Jn 9, 1-41 (IV Domingo de Cuaresma, 26 de marzo de 2017)

 

La cuaresma avanza rápidamente hacia la Pascua, como Jesús avanzaba por el desierto de Judea hacia Jerusalén, al encuentro de su “batalla” definitiva por establecer el Reino de su Padre, a pesar de que tenía en contra los vientos de la hipocresía, de la falsa religiosidad y de un poder político que quería conservar sus privilegios, sin dejarse inquietar por un pobre predicador de Galilea, que hablaba de otro “Reino”, que no era el de ellos.

Unos pocos le siguieron intuyendo algo especial en el Maestro, pero sin comprenderlo del todo, hasta que él -con sus enseñanzas, sus gestos de cercanía y amor, su poder para enfrentar el mal y el pecado- les abre los ojos y les hace “ver” y descubrir en él al Mesías prometido, la Palabra luminosa del Padre, la revelación de un amor liberador.

De ese grupo de seguidores que “vieron” lo que otros no supieron ver surgen las primeras comunidades cristianas en Judea, Samaría y, más tarde, en otros lugares de Asia y Europa. Esas comunidades se enfrentaron muy pronto a la misma oposición a la que se enfrentó Jesús: sus miembros fueron rechazados por los suyos, expulsados de la comunidad judía, como unos herejes indeseables, y, más tarde, perseguidos por las autoridades de Israel y del Imperio Romano.

Esta historia es la que está detrás del capítulo nueve del evangelio de Juan que leemos hoy y que habla de un ciego que “estaba sentado y mendigaba” (es decir, incapaz de caminar por su pie y dependiente de otros), pero que en el encuentro con Jesús recupera la vista y, después de algunas dudas, reconoce a Jesús, a pesar de la oposición de las autoridades, y afirma: “Creo, Señor” y se postra ante él, en actitud de adoración. El ciego representa a los discípulos que, por fin, ven  frente a los que se empeñan en no ver.

El evangelista pone en boca de Jesús una frase aparentemente enigmática, pero que da sentido a todo el relato: “Para un juicio yo he venido a este mundo: para que los que no ven vean y los que ven se conviertan en ciegos”. En castellano tenemos un proverbio que es parecido a esta frase de Jesús: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Los fariseos, sacerdotes y escribas, así como Pilato, no querían ver nada que les llevara a perder los privilegios y a cambiar su vida; les faltaba humildad para salir de sí mismos y ver lo que tenían ante los ojos; se creían sabios, pero no fueron capaces de “ver” y reconocer al Mesías, mientras la gente sencilla, pobre y pecadora, que “no veían”, por su humildad y receptividad, fueron capaces de “ver” y reconocer al Mesías, aunque eso les costase sex expulsados de la sinagoga.

Me parece que también hoy hay muchos que se creen sabios, se ríen de los sencillos que siguen a Jesús y hasta los marginan en la sociedad. Ellos se creen los más listos, piensan que lo entienden todo, pero, ¡ojo!, su orgullo les puede cegar y les impide ver la gracia de Dios. Por el contrario los sencillos que se abren al encuentro con Jesús terminan por entender verdaderamente el valor del amor de Dios y reconocen en Jesús a su Maestro y Señor, aunque la sociedad los expulse.

Escuchar la palabra liberadora de Jesús y dejarse tocar por su “cuerpo” en la comunión es una manera de dejarse iluminar, de superar la ceguera del orgullo y “ver” al Señor que está cerca de nosotros. Puede que, al principio no nos demos cuenta, como le pasó al ciego, pero si persistimos en el diálogo sincero, él se nos revelará: “Yo soy”; y nosotros responderemos con emoción y una contenida alegría: “Yo creo, Señor”.

Antonio Villarino, Bogotá

PD. Puede ser interesante fijarse en los títulos que en este relato se dan a Jesús, porque ayudan a comprender como lo vieron las primeras comunidades cristianas:

-Rabbí (Maestro): 9,1

-Luz del mundo: 9,5

-Enviado: 9,7

-El hombre llamado Jesús: 9, 11

-Profeta: 9,17

-Cristo: 9, 22

-Hijo del Hombre: 9, 35

-Señor: 9, 36

 


 

 

Sed del Dios vivo

Comentario a Jn 4, 5-42 (III Domingo de Cuaresma, 19 de marzo de 2017)

 

El tercer domingo de cuaresma nos ofrece como lectura evangélica el famoso relato de la Samaritana. Es un relato muy profundo y lleno de simbolismos. A modo de ejemplo, les hago unas breves anotaciones:

1.- Jesús busca un nuevo comienzo. Jesús abandona Judea, debido a la oposición que encuentra, y regresa a Galilea, en busca de un nuevo comienzo, en una región marginada. Jesús, como nos puede suceder a nosotros, ante una dificultad seria, siente la necesidad de volver a empezar “desde cero”. Los fracasos, las decepciones, los obstáculos pueden ser grandes ocasiones de avance en nuestras vidas, si sabemos aprovechar la ocasión, para re-iniciar el camino.

2.- Jesús llega a Samaría, tierra marginada e impura. La Samaritana es una mujer-símbolo; representa a toda esta tierra, que se encontró con Jesús, desde su situación de marginación e impureza. La samaritana nos representa también a nosotros, hombres y mujeres, que arrastramos nuestra propia historia, con el orgullo de lo alcanzado, pero también con los estigmas de los errores cometidos, de las heridas sufridas, de los hábitos que nos esclavizan y que no logramos dominar. La samaritana representa también la insatisfacción del corazón humano, cuando no ha encontrado a Dios.

3.- Encuentro junto al pozo de Jacob.  Jesús y la Samaritana se encuentran junto a un pozo muy significativo, herencia del patriarca Jacob, con muchos significados:

  1. a) El agua como fuente de vida: Dice Isaías: “Sacaréis agua con júbilo de las fuentes de la salvación” (Is 12, 3). La imagen del agua, a la que acuden con tanta frecuencia los profetas, tiene probablemente mucho que ver, no sólo con la natural experiencia de todo ser humano, sino de manera muy concreta con la experiencia del pueblo en el desierto cuando, sediento y desesperado, se rebela contra Dios. Pero éste, por medio de Moisés, saca de la roca agua abundante y cristalina, agua que facilita la vida.
  2. b) El agua como símbolo de sabiduría: Del agua como fuente de vida física, los israelíes pasan pronto a hacer la experiencia de la Palabra de Dios como el “agua” que facilita la vida humana en sus dimensiones más profundas. El libro del Eclesiástico afirma que la Ley del Señor “rebosa sabiduría como el Pisón, como el Tigris en la estación de los frutos; está llena de inteligencia como el Éufrates, como el Jordán en el tiempo de la siega; va repleta de disciplina como el Nilo, como el Guijón en los días de la vendimia” (Eclo 24, 23-25).
  3. c) Jesús pide agua y ofrece el “don de Dios”. Desde la experiencia de la sed física y de la importancia del agua para la vida, Jesús invita a la samaritana a conectar con otra sed más profunda, que seguramente ella también siente, como todos nosotros; una sed de sentido, de amor definitivo, de trascendencia; una sed, que sólo puede saciarse en Dios mismo, fuente de donde brota toda vida, tal como expresan repetidamente los salmistas:

“Oh Dios, tú eres mi Dios, desde el alba te deseo;

estoy sediento de ti, por ti desfallezco,

como tierra reseca, agostada, sin agua...

Tu amor vale más que la vida” (Sal 63)

“Como jadea la cierva,

tras las corrientes de agua,

así jadea mi alma,

en pos de ti, mi Dios

Tiene mi alma sed de Dios,

Del Dios vivo”.

(sal 41)

Para encontrar a Dios es imprescindible tener sed, experimentar la insatisfacción de las aguas comunes que tomamos, de las filosofías, pensamientos, oportunidades, amores, que se nos ofrecen en la vida. A la sed profunda responde Jesús con el don de su Palabra iluminadora, que conduce hacia el conocimiento del Padre; el don de su Espíritu que purifica, alienta y fortalece; el don de una presencia que es amor perdonador, renovador, misericordioso, sin condiciones.

¿Tienes sed de sentido, de amor verdadero, de transcendencia? Dialoga desde tu corazón con Jesús y encontrarás el agua del Espíritu que satisface tu sed.

Antonio Villarino - Bogotá

 

 
 
BREVE RESEÑA DE NUESTRA PRESENCIA
EN COLOMBIA

Los Misioneros Combonianos llevamos mas de 25 años en Colombia.Incialmente llegamos a Cali (Valle) con el objetivo de promover una mayor conciencia misionera en el pueblo colombiano y presentar nuestro trabajo misionero en otras partes del mundo.
Con nuevos refuerzos de misioneros hemos iniciado luego nuestra presencia en Bogotá promoviendo además nuestra revista misionera Iglesia Sinfronteras.
Viendo la realidad dificil que vive Colombia hemos hecho presencia en Aguachica (Cesar) para acompañar a las poblaciones campesinas que vivian abandonadas del gobierno y de la misma Iglesia en una situación de pobreza y miedo ante los grupos armados que hacian presencia en la región. Años mas tarde y viendo que habia un buen clero local para llevar adelante nuestro trabajo allí, hemos entregado la misión a la diocesis local.
En 1996 iniciamos nuestra presencia en Medellín (Antioquia) con el Postulantado en el cual se empezaron a formar los primeros colombianos que se sentían llamados a ser Misioneros Combonianos.
En los últimos años hemos abierto una misón en Tumaco (Nariño) donde nos dedicamos a acompañar la población mayoritariamente afrodescendiente que vive en situaciones muy marcadas de miseria y de violencia.
 
Las Hermanas Misioneras Combonianas, también fundadas por San Daniel Comboni están presentes en Bogotá y en Buenaventura (Valle). Ellas quieren ser una gota del amor materno de Dios en una sociedad marcada por el poder y la acomulación desenfrenada. Por eso ellas, con su presencia en los barrios altos de Ciudad Bolivar al sur de Bogotá y en la periferia del puerto de Buenaventura nos ofrecen a los colombianos un testimonio de un Dios que se hace uno-con-nosotros.
 
Nuestra presencia en Colombia quiere ser un pequeño signo del Reinode Dios en la proclamación y testimonio del Evangelio con acciones de solidaridad con los grupos sociales mas desfavorecidos de Colombia, con acciones a favor de la justicia y derechos humanos, con la difusión de la conciencia misionera a traves de nuestra revista misionera, la radio y las visitas a las parroquias.
Así mismo creemos que los jóvenes de Colombia tienen mucho que ofrecer no solo a Colombia sino tambien al mundo entero donde estamos presentes. Por eso promovemos las vocaciones a la vida misionera en nuestro Instituto como Hermanos, Sacerdotes, Hermanas y Laicos.

  

Agenda Abril

4 Día Internacional de información sobre el peligro de las minas y de asistencia para las actividades relativas a las minas.

6  Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz.

7  Día Mundial de la Salud.

9  Domingo de Ramos

16  Domingo de Pascua

      Día Mundial contra la Esclavitud Infantil

22 Día Internacional de la Madre Tierra.

25  Día Mundial del Paludismo

28 Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo

 

CARTA EN OCASIÓN
DEL 150 ANIVERSARIO
DEL INSTITUTO COMBONIANO

"El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su campo. Este grano es muy pequeño, pero cuando crece es la más grande de las plantas del huerto y llega a hacerse arbusto, de modo que las aves hacen sus nidos en sus ramas."
(Mt 13,31-32)

Queridos hermanos:
¡Les saludamos con alegría y gratitud al inicio de este nuevo año!

El 1 de junio de 1867 fue fundado en Verona por Mons. Daniel Comboni el "Instituto para las misiones de la Nigrizia", transformado en Congregación religiosa el 28 de octubre de 1885 y de derecho pontificio el 7 de junio de 1895.

  1. Recordando los primeros pasos (una mirada al pasado)

Cuando leemos los orígenes de nuestro Instituto, nos cuesta imaginar en lo que se convertiría con el pasar del tiempo. El texto del Evangelio arriba citado alude a los planes de Dios, amante de la "pedagogía que viene de abajo". Un Dios que se sirve de lo que a los ojos del mundo cuenta poco, pero que ante sus ojos, se vuelve proyecto y se concretiza con la colaboración humana. Así como la semilla pequeña de la que nos habla el Evangelio, en el cual ya está contenido un grande arbusto.

En el momento de la muerte de nuestro Fundador los misioneros se contaban con los dedos de la mano. Ese pequeño grupo fue acompañado, durante los primeros años, por sacerdotes de la Compañía de Jesús quienes, después de catorce años, echaron los fundamentos de nuestro Instituto, intentando darle a la congregación una fisonomía y rostro propios. Al final del siglo XIX el Instituto contaba con 18 sacerdotes, 21 Hermanos y 21 candidatos al sacerdocio, sesenta en total.

Las llamadas de Dios

Quienes pertenecemos a la Familia comboniana sabemos que Daniel Comboni sintió la llamada de Dios cuando siendo un joven alumno del Colegio Mazza, leyó el libro sobre los Mártires de Japón y después escuchando el testimonio de Don Ángel Vinco (E 4083) quien, apenas vuelto del centro de África, sembró en el corazón de aquellos muchachos la pasión por su trabajo. Comboni, no obstante su corta edad, tomó una decisión que jamás abandonaría: dedicarse por entero a anunciar el Evangelio a los pueblos Africanos que, como intuía, tenían mucha necesidad de conocer la Buena Noticia. Así, siendo todavía mazziano, trabajó intensamente por la misión africana y vivió de forma apasionada su pertenencia a aquellos hermanos y hermanas que todavía no conocía.

Las noticias sobre lo que estaban viviendo sus compañeros de colegio en el continente africano, en vez de desanimarlo, lo empujaron a unirse al grupo de misioneros que el 10 de septiembre de 1857 partió para África, eran: Giovanni Beltrame, Francesco Oliboni, Angelo Melotto, Alessandro Dal Bosco, Isidoro Zilli y él, acompañados por las palabras de don Nicola Mazza, que se convirtieron para ellos en bendición y desafío: "Promuevan siempre y sólo la Gracia de Dios, porque todo lo demás es vanidad. Nuestra misión la ponemos bajo la protección de la Virgen Inmaculada y de San Francisco Javier, el gran apóstol de las Indias". Ese primer viaje a África, que duró apenas dos años, marcó profundamente su vida (E 465). Había dejado allá parte de su corazón y no hacía otra cosa que pensar en lo que sus ojos habían visto y en lo que había conocido por él mismo. Fue algo parecido a lo que sucede con el carácter bautismal: África se convirtió en una marca indeleble, al punto que jamás descartó la posibilidad de regresar (E 3156) y, mientras tanto, trabajó sin fatiga por el bien de la misión africana.

Como le sucedió a otros fundadores en su itinerario vocacional, también San Daniel Comboni sintió la necesidad de reforzar la llamada a trabajar entre aquellos hermanos y cumplir así la promesa que había hecho a 'Don Congo' (Don Nicola Mazza), de consagrar su existencia a la causa africana y, empujado por las circunstancias se convirtió en fundador de una familia misionera.

Esta experiencia nos recuerda la importancia de mantenernos fieles a un ideal. Así como los marineros se guiaban por las estrellas para llegar al puerto, nosotros debemos dejarnos conducir por las enseñanzas del Evangelio si queremos ser personas coherentes y felices. La vocación misionera y la pertenencia a una familia misionera son un don y no mérito nuestro. Somos misioneros porque Dios ha sido bueno y ha querido servirse de nosotros para mostrar su rostro materno a tantos hermanos y hermanas que todavía no lo conocen.

Agradezcamos a Dios por el testimonio de tantos misioneros que nos han precedido y han ofrecido su vida por la misión. Ellos son como los eslabones de una larga cadena de la cual formamos parte y que nos permite llegar hasta los orígenes, al manantial de donde hemos surgido. Pertenecemos a una familia de santos de la que nos sentimos orgullosos. Somos el fruto del amor apasionado de nuestro Fundador por la misión, herederos de una vocación que brota del corazón traspasado de Dios y nos pone en actitud 'de salida' (EG, 27) llevándonos a las periferias existenciales de la historia. Es más, algunos de nosotros han sido bendecidos con el don del martirio, expresión máxima de donación, como nos recuerda el Evangelio: No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15, 13).

  1. Miramos con realismo el presente: llamados a testimoniar el Reino de Dios

Después de un siglo y medio, seguimos siendo un Instituto pequeño: según las estadísticas, nunca hemos llegado a los dos mil miembros pero, esto no debe desalentarnos, más bien debe ayudarnos a ser fieles testigos de la bondad y misericordia de Dios en medio de los últimos, aquellos a quienes la sociedad ha olvidado. No obstante nuestra 'pequeñez', no podemos olvidar todo el bien que Dios ha hecho y sigue haciendo a través de nuestros misioneros. Nos lo recuerda el último Capítulo: Son muchos los misioneros combonianos identificados, generosos y dispuestos a dar la vida por Cristo y por la misión; sin hacer ruido, se gastan cada día en los diversos servicios a ellos confiados. La presencia de hermanos que son testigos del Resucitado en medio a los pobres y marginados, es una bendición que nos recuerda la razón de nuestra opción de vida. Ellos son "parábolas existenciales", puntos de referencia en las diferentes tareas que realizamos (DC 2015, n. 14).

Estamos llamados a ser testigos del Reino de Dios en cualquier lugar donde se nos envía. Para ello se requiere ser siempre fieles a la Palabra y a un programa serio de renovación constante en nuestra experiencia de discipulado.

Conversión

Sin embargo, cuando miramos atrás, reconocemos que no siempre hemos sido fieles. Muchas veces, condicionados por los desafíos o por el miedo, nos hemos echado para atrás ante la adversidad y las pruebas. A veces nos hemos alejado de la intuición primigenia y nos hemos acomodado en la seguridad de nuestras pequeñas opciones, pensando en salvar nuestra vida y no la de nuestros hermanos y hermanas más abandonados.

Hemos apenas concluido el "Jubileo de la Misericordia". Pidamos a Dios, fuente de caridad, que tenga piedad de nuestras incoherencias y de nuestros pecados, personales e institucionales, y conceda a todos el don de la conversión, condición para acoger el Reino de Dios que viene (Mc 1, 15), para acoger su Palabra y ser así personas felices por la vocación recibida (DC 2015, n. 4).

Las cruces, señales en el camino

Cuando hablamos de felicidad, no negamos que habrá nubes en el horizonte. Las dificultades, antes o después, aparecen en nuestra vida. San Daniel Comboni las llamaba 'cruces' y todos sabemos que, en la medida que avanzaba, los problemas que se le presentaban eran cada vez más grandes; pero, así como de las nubes más oscuras puede venir agua limpia, las experiencias más difíciles pueden convertirse en el crisol donde se purifican nuestros sueños y nuestros programas. Pensar en los hermanos que se encuentran en situaciones de violencia, de pobreza extrema, de persecución y peligros constantes nos hace sufrir, porque nos sentimos cercanos a ellos y nos encariñamos con las personas y con los lugares donde trabajamos, pero también creemos que todo ello es garantía de la autenticidad de nuestro servicio misionero.

A Comboni le gustaba repetir que las obras de Dios nacen y crecen a los pies de la Cruz. Es interesante redescubrir que las cruces para nuestro Padre Fundador, en vez de ser obstáculos en el camino eran señales que le indicaban la meta. Las cruces le garantizaban que estaba caminando en la dirección correcta. Pidamos a Dios para que podamos hacer nuestras las palabras de nuestra Fundador: "Yo soy feliz en la cruz que llevada por amor de Dios genera el triunfo y la vida eterna" (S 7246).

Recordemos que cuando, por falta de personal misionero, la misión africana corría el riesgo de no continuar porque el Instituto Mazza ya no podía sostenerlo, otros Institutos, gracias a Dios, se unieron al esfuerzo de Comboni. Primero los Camilos, luego las Hermanas de San José de la Aparición, algunos miembros de otros Institutos y otros laicos que creyeron en su proyecto.

El amor por la misión desborda, irriga y fecunda los corazones y las voluntades para orientarlos en la misma dirección. De ese modo la primera intuición de nuestro Fundador se vuelve una hermosa realidad y va al encuentro de muchos hermanos y hermanas que encuentra en su camino. Por ello es importantísimo también en nuestros días trabajar "en red" entender que las iniciativas, por muy bellas y necesarias, si dependen sólo de una persona, difícilmente irán adelante. Nuestro Fundador, con su testimonio, ha involucrado a muchas personas y las ha hecho partícipes de la misión superando las diferencias y pidiéndoles que permaneciesen en la misión, convencido que sólo el trabajo en comunión tiene futuro, porque se inspira en el Dios Trino que se revela como familia.

  1. Miremos el futuro con esperanza

Ánimo para el presente y sobre todo para el futuro, son las palabras pronunciadas por San Daniel Comboni antes de morir, y que conocemos por sus biógrafos.

Estamos invitados a mirar el futuro con esperanza. Vivimos momentos difíciles pero las pruebas, como hemos dichos antes, no deben desanimarnos, seguros de que el Señor nos ha acompañado, nos acompaña y seguirá haciéndolo, como nos recuerda el Evangelio: Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que les he mandado: Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos (Mt 28,19-20).

El último Capítulo General nos ha invitado no sólo a convertirnos sino también a soñar en una manera nueva de entender y vivir la misión. Debemos "ser misión" anunciando la alegría del Evangelio siendo solidarios con los pueblos, haciéndonos promotores de reconciliación y de diálogo, redescubriendo la espiritualidad de las relaciones a nivel personal, institucional, social y ambiental (DC 2015, n. 20). En este 150 aniversario hagamos nuestra la invitación del Capitulo para renovar el Instituto, también a través de la profundización de la Regla de Vida según el itinerario que se nos propondrá y haciendo propios los desafíos, como son la interculturalidad, la ministerialidad, la reorganización, etc. Todo eso nos permitirá recalificar nuestra vida y el servicio que brindamos a la Iglesia, a la sociedad y a nuestro Instituto.

Vivamos este 150 aniversario como una oportunidad para ahondar y extender nuestras raíces, fortalecer nuestro tallo y continuar siendo ese árbol que da buenos frutos, frutos de justicia, paz y caridad, para contribuir al crecimiento del Reinado de Dios.

Programa a nivel de la DG para el 2017:

  • Carta del CG para lanzar el Año Jubilar del 150 aniversario de nuestro Instituto y presentación del LOGO oficial.
  • Preparación de seis subsidios bimestrales que serán publicados en Familia Comboniana para subrayar tres etapas de la historia del Instituto:
  1. una reflexión sobre nuestros orígenes;
  2. una mirada y reflexión sobre el momento presente;
  3. acogida de los nuevos paradigmas y desafíos de la misión.
  •  Celebración del Simposium en Roma (25 de mayo - 1 de junio)
  • Reunión de los Consejos Generales de la Familia Comboniana (2 de junio)
  • Celebrar de modo especial el 10 de octubre
  • Otras iniciativas
  • Clausura del Año Jubilar

Invitamos a todas las circunscripciones a organizar otras iniciativas in loco para hacer animación misionera y, sobre todo, para que este aniversario sea una ocasión de renovación del ideal misionero y del sentido de pertenencia a nuestro Instituto Comboniano.

¡Buenas fiestas y feliz Aniversario!
EL CONSEJO GENERAL
Roma, a 1 de enero de 2017

 

 

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