CARTA EN OCASIÓN
DEL 150 ANIVERSARIO
DEL INSTITUTO COMBONIANO

"El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su campo. Este grano es muy pequeño, pero cuando crece es la más grande de las plantas del huerto y llega a hacerse arbusto, de modo que las aves hacen sus nidos en sus ramas."
(Mt 13,31-32)

Queridos hermanos:
¡Les saludamos con alegría y gratitud al inicio de este nuevo año!

El 1 de junio de 1867 fue fundado en Verona por Mons. Daniel Comboni el "Instituto para las misiones de la Nigrizia", transformado en Congregación religiosa el 28 de octubre de 1885 y de derecho pontificio el 7 de junio de 1895.

  1. Recordando los primeros pasos (una mirada al pasado)

Cuando leemos los orígenes de nuestro Instituto, nos cuesta imaginar en lo que se convertiría con el pasar del tiempo. El texto del Evangelio arriba citado alude a los planes de Dios, amante de la "pedagogía que viene de abajo". Un Dios que se sirve de lo que a los ojos del mundo cuenta poco, pero que ante sus ojos, se vuelve proyecto y se concretiza con la colaboración humana. Así como la semilla pequeña de la que nos habla el Evangelio, en el cual ya está contenido un grande arbusto.

En el momento de la muerte de nuestro Fundador los misioneros se contaban con los dedos de la mano. Ese pequeño grupo fue acompañado, durante los primeros años, por sacerdotes de la Compañía de Jesús quienes, después de catorce años, echaron los fundamentos de nuestro Instituto, intentando darle a la congregación una fisonomía y rostro propios. Al final del siglo XIX el Instituto contaba con 18 sacerdotes, 21 Hermanos y 21 candidatos al sacerdocio, sesenta en total.

Las llamadas de Dios

Quienes pertenecemos a la Familia comboniana sabemos que Daniel Comboni sintió la llamada de Dios cuando siendo un joven alumno del Colegio Mazza, leyó el libro sobre los Mártires de Japón y después escuchando el testimonio de Don Ángel Vinco (E 4083) quien, apenas vuelto del centro de África, sembró en el corazón de aquellos muchachos la pasión por su trabajo. Comboni, no obstante su corta edad, tomó una decisión que jamás abandonaría: dedicarse por entero a anunciar el Evangelio a los pueblos Africanos que, como intuía, tenían mucha necesidad de conocer la Buena Noticia. Así, siendo todavía mazziano, trabajó intensamente por la misión africana y vivió de forma apasionada su pertenencia a aquellos hermanos y hermanas que todavía no conocía.

Las noticias sobre lo que estaban viviendo sus compañeros de colegio en el continente africano, en vez de desanimarlo, lo empujaron a unirse al grupo de misioneros que el 10 de septiembre de 1857 partió para África, eran: Giovanni Beltrame, Francesco Oliboni, Angelo Melotto, Alessandro Dal Bosco, Isidoro Zilli y él, acompañados por las palabras de don Nicola Mazza, que se convirtieron para ellos en bendición y desafío: "Promuevan siempre y sólo la Gracia de Dios, porque todo lo demás es vanidad. Nuestra misión la ponemos bajo la protección de la Virgen Inmaculada y de San Francisco Javier, el gran apóstol de las Indias". Ese primer viaje a África, que duró apenas dos años, marcó profundamente su vida (E 465). Había dejado allá parte de su corazón y no hacía otra cosa que pensar en lo que sus ojos habían visto y en lo que había conocido por él mismo. Fue algo parecido a lo que sucede con el carácter bautismal: África se convirtió en una marca indeleble, al punto que jamás descartó la posibilidad de regresar (E 3156) y, mientras tanto, trabajó sin fatiga por el bien de la misión africana.

Como le sucedió a otros fundadores en su itinerario vocacional, también San Daniel Comboni sintió la necesidad de reforzar la llamada a trabajar entre aquellos hermanos y cumplir así la promesa que había hecho a 'Don Congo' (Don Nicola Mazza), de consagrar su existencia a la causa africana y, empujado por las circunstancias se convirtió en fundador de una familia misionera.

Esta experiencia nos recuerda la importancia de mantenernos fieles a un ideal. Así como los marineros se guiaban por las estrellas para llegar al puerto, nosotros debemos dejarnos conducir por las enseñanzas del Evangelio si queremos ser personas coherentes y felices. La vocación misionera y la pertenencia a una familia misionera son un don y no mérito nuestro. Somos misioneros porque Dios ha sido bueno y ha querido servirse de nosotros para mostrar su rostro materno a tantos hermanos y hermanas que todavía no lo conocen.

Agradezcamos a Dios por el testimonio de tantos misioneros que nos han precedido y han ofrecido su vida por la misión. Ellos son como los eslabones de una larga cadena de la cual formamos parte y que nos permite llegar hasta los orígenes, al manantial de donde hemos surgido. Pertenecemos a una familia de santos de la que nos sentimos orgullosos. Somos el fruto del amor apasionado de nuestro Fundador por la misión, herederos de una vocación que brota del corazón traspasado de Dios y nos pone en actitud 'de salida' (EG, 27) llevándonos a las periferias existenciales de la historia. Es más, algunos de nosotros han sido bendecidos con el don del martirio, expresión máxima de donación, como nos recuerda el Evangelio: No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15, 13).

  1. Miramos con realismo el presente: llamados a testimoniar el Reino de Dios

Después de un siglo y medio, seguimos siendo un Instituto pequeño: según las estadísticas, nunca hemos llegado a los dos mil miembros pero, esto no debe desalentarnos, más bien debe ayudarnos a ser fieles testigos de la bondad y misericordia de Dios en medio de los últimos, aquellos a quienes la sociedad ha olvidado. No obstante nuestra 'pequeñez', no podemos olvidar todo el bien que Dios ha hecho y sigue haciendo a través de nuestros misioneros. Nos lo recuerda el último Capítulo: Son muchos los misioneros combonianos identificados, generosos y dispuestos a dar la vida por Cristo y por la misión; sin hacer ruido, se gastan cada día en los diversos servicios a ellos confiados. La presencia de hermanos que son testigos del Resucitado en medio a los pobres y marginados, es una bendición que nos recuerda la razón de nuestra opción de vida. Ellos son "parábolas existenciales", puntos de referencia en las diferentes tareas que realizamos (DC 2015, n. 14).

Estamos llamados a ser testigos del Reino de Dios en cualquier lugar donde se nos envía. Para ello se requiere ser siempre fieles a la Palabra y a un programa serio de renovación constante en nuestra experiencia de discipulado.

Conversión

Sin embargo, cuando miramos atrás, reconocemos que no siempre hemos sido fieles. Muchas veces, condicionados por los desafíos o por el miedo, nos hemos echado para atrás ante la adversidad y las pruebas. A veces nos hemos alejado de la intuición primigenia y nos hemos acomodado en la seguridad de nuestras pequeñas opciones, pensando en salvar nuestra vida y no la de nuestros hermanos y hermanas más abandonados.

Hemos apenas concluido el "Jubileo de la Misericordia". Pidamos a Dios, fuente de caridad, que tenga piedad de nuestras incoherencias y de nuestros pecados, personales e institucionales, y conceda a todos el don de la conversión, condición para acoger el Reino de Dios que viene (Mc 1, 15), para acoger su Palabra y ser así personas felices por la vocación recibida (DC 2015, n. 4).

Las cruces, señales en el camino

Cuando hablamos de felicidad, no negamos que habrá nubes en el horizonte. Las dificultades, antes o después, aparecen en nuestra vida. San Daniel Comboni las llamaba 'cruces' y todos sabemos que, en la medida que avanzaba, los problemas que se le presentaban eran cada vez más grandes; pero, así como de las nubes más oscuras puede venir agua limpia, las experiencias más difíciles pueden convertirse en el crisol donde se purifican nuestros sueños y nuestros programas. Pensar en los hermanos que se encuentran en situaciones de violencia, de pobreza extrema, de persecución y peligros constantes nos hace sufrir, porque nos sentimos cercanos a ellos y nos encariñamos con las personas y con los lugares donde trabajamos, pero también creemos que todo ello es garantía de la autenticidad de nuestro servicio misionero.

A Comboni le gustaba repetir que las obras de Dios nacen y crecen a los pies de la Cruz. Es interesante redescubrir que las cruces para nuestro Padre Fundador, en vez de ser obstáculos en el camino eran señales que le indicaban la meta. Las cruces le garantizaban que estaba caminando en la dirección correcta. Pidamos a Dios para que podamos hacer nuestras las palabras de nuestra Fundador: "Yo soy feliz en la cruz que llevada por amor de Dios genera el triunfo y la vida eterna" (S 7246).

Recordemos que cuando, por falta de personal misionero, la misión africana corría el riesgo de no continuar porque el Instituto Mazza ya no podía sostenerlo, otros Institutos, gracias a Dios, se unieron al esfuerzo de Comboni. Primero los Camilos, luego las Hermanas de San José de la Aparición, algunos miembros de otros Institutos y otros laicos que creyeron en su proyecto.

El amor por la misión desborda, irriga y fecunda los corazones y las voluntades para orientarlos en la misma dirección. De ese modo la primera intuición de nuestro Fundador se vuelve una hermosa realidad y va al encuentro de muchos hermanos y hermanas que encuentra en su camino. Por ello es importantísimo también en nuestros días trabajar "en red" entender que las iniciativas, por muy bellas y necesarias, si dependen sólo de una persona, difícilmente irán adelante. Nuestro Fundador, con su testimonio, ha involucrado a muchas personas y las ha hecho partícipes de la misión superando las diferencias y pidiéndoles que permaneciesen en la misión, convencido que sólo el trabajo en comunión tiene futuro, porque se inspira en el Dios Trino que se revela como familia.

  1. Miremos el futuro con esperanza

Ánimo para el presente y sobre todo para el futuro, son las palabras pronunciadas por San Daniel Comboni antes de morir, y que conocemos por sus biógrafos.

Estamos invitados a mirar el futuro con esperanza. Vivimos momentos difíciles pero las pruebas, como hemos dichos antes, no deben desanimarnos, seguros de que el Señor nos ha acompañado, nos acompaña y seguirá haciéndolo, como nos recuerda el Evangelio: Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que les he mandado: Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos (Mt 28,19-20).

El último Capítulo General nos ha invitado no sólo a convertirnos sino también a soñar en una manera nueva de entender y vivir la misión. Debemos "ser misión" anunciando la alegría del Evangelio siendo solidarios con los pueblos, haciéndonos promotores de reconciliación y de diálogo, redescubriendo la espiritualidad de las relaciones a nivel personal, institucional, social y ambiental (DC 2015, n. 20). En este 150 aniversario hagamos nuestra la invitación del Capitulo para renovar el Instituto, también a través de la profundización de la Regla de Vida según el itinerario que se nos propondrá y haciendo propios los desafíos, como son la interculturalidad, la ministerialidad, la reorganización, etc. Todo eso nos permitirá recalificar nuestra vida y el servicio que brindamos a la Iglesia, a la sociedad y a nuestro Instituto.

Vivamos este 150 aniversario como una oportunidad para ahondar y extender nuestras raíces, fortalecer nuestro tallo y continuar siendo ese árbol que da buenos frutos, frutos de justicia, paz y caridad, para contribuir al crecimiento del Reinado de Dios.

Programa a nivel de la DG para el 2017:

  • Carta del CG para lanzar el Año Jubilar del 150 aniversario de nuestro Instituto y presentación del LOGO oficial.
  • Preparación de seis subsidios bimestrales que serán publicados en Familia Comboniana para subrayar tres etapas de la historia del Instituto:
  1. una reflexión sobre nuestros orígenes;
  2. una mirada y reflexión sobre el momento presente;
  3. acogida de los nuevos paradigmas y desafíos de la misión.
  •  Celebración del Simposium en Roma (25 de mayo - 1 de junio)
  • Reunión de los Consejos Generales de la Familia Comboniana (2 de junio)
  • Celebrar de modo especial el 10 de octubre
  • Otras iniciativas
  • Clausura del Año Jubilar

Invitamos a todas las circunscripciones a organizar otras iniciativas in loco para hacer animación misionera y, sobre todo, para que este aniversario sea una ocasión de renovación del ideal misionero y del sentido de pertenencia a nuestro Instituto Comboniano.

¡Buenas fiestas y feliz Aniversario!
EL CONSEJO GENERAL
Roma, a 1 de enero de 2017

 

FEBRERO

1    Miércoles de ceniza

  Día Mundial contra el Cáncer

6    Día Internacional de Tolerancia Cero

con la Mutilación Genital Femenina

13    Día Mundial de la Radio

20    Día Mundial de la Justicia Social

21   Día Internacional de la Lengua Materna 

El niño que lo quiere todo

Había una vez un niño que se llamaba Jorge, su madre María y el padre Juan. En el día de los Reyes Magos se pidió más de veinte cosas. Su madre le dijo: Pero tú comprendes que… mira te voy a decir que los Reyes Magos tienen camellos, no camiones, segundo, no te caben en tu habitación, y, tercero, mira otros niños… tú piensa en los otros niños, y no te enfades porque tienes que pedir menos.

El niño se enfadó y se fue a su habitación. Y dice su padre a María: Ay, se quiere pedir casi una tienda entera, y su habitación está llena de juguetes.

María dijo que sí con la cabeza. El niño dijo con la voz baja: Es verdad lo que ha dicho mamá, debo de hacerles caso, soy muy malo.

Llegó la hora de ir al colegio y dijo la profesora: Vamos a ver, Jorge, dinos cuántas cosas te has pedido.

Y dijo bajito: Veinticinco. La profesora se calló. Cuando terminó todos se fueron y la señorita le dijo a Jorge que no tenía que pedir tanto. Cuando sus padres se tuvieron que ir, Jorge cambió inmediatamente la carta, aunque se pidió quince cosas. Cuando llegaron sus padres les dijo que había quitado diez cosas de la lista. Los padres pensaron: Bueno, no está mal.

Y dijeron: ¿Y eso lo vas a compartir con tus amigos?

Jorge dijo: No, porque son míos y no los quiero compartir.

Se dieron cuenta de que no tenía ni Belén ni árbol de Navidad. Y fueron a una tienda, pero se habían agotado. Fueron a todas partes, pero nada. El niño mientras iba en el coche vio una estrella y rezó esto: Ya sé que no rezo mucho, perdón, pero quiero encontrar un Belén y un árbol de Navidad. De pronto, se les paró el coche, se bajaron, y se les apareció un ángel que dijo a Jorge: Has sido muy bueno en quitar cosas de la lista así que os daré el Belén y el árbol. Pasaron tres minutos y continuó el ángel: Miren en el maletero y veréis. Mientras el ángel se fue. Juan dijo: ¡Eh, muchas gracias! Pero, ¿qué pasa con el coche? Y dijo la madre: ¡Anda, si ya funciona! ¡Se ha encendido solo! Y el padre dio las gracias de nuevo.

Por fin llegó el día tan esperado, el día de los Reyes Magos. Cuando Jorge se levantó y fue a ver los regalos que le habían traído, se llevó una gran sorpresa. Le habían traído las veinticinco cosas de la lista. Enseguida, despertó a sus padres y les dijo que quería repartir sus juguetes con los niños más pobres.

Pasó una semana y el niño trajo a casa a muchos niños pobres. La madre de Jorge hizo el chocolate y pasteles para todos. Todos fueron muy felices. Y colorín, colorado, este cuento acabado. 

(de Sheila García González)

FUENTE: http://www.guiainfantil.com

 


 

 

 

 

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