HERMANO GUSTAVO MONTOYA

Al servicio de los que sufren

Antes de conocerlo personalmente, había oído hablar del Hno. Gustavo Montoya en África donde compañeros italianos de misión contaban maravillas de un hermano comboniano colombiano que servía con gran cariño y entrega a los misioneros ancianos y enfermos en Milán. El Hno. Gustavo fue el primer misionero comboniano colombiano y lleva más de 30 años al servicio de la misión, con especial dedicación a los ancianos y enfermos.

Por P. Francisco Carrera

 

Gustavo Montoya, natural de Calí, trabajaba en el aeropuerto de Palma Seca, en su ciudad natal, con la compañía Eastern Airlines. Su tarea era atender a los pasajeros que viajaban al exterior y asistirles con los documentos o con cualquier problema que se presentara.

El 20 de marzo de 1983, un domingo, pasaron por el aeropuerto el P. Francesco Pierli, entonces consejero general de los Misioneros Combonianos, y el P. Enrique Faré que lo iba a despedir. A Gustavo le tocó atenderlos y, me dice, le impresionó inmediatamente la persona del P. Faré, un sacerdote ya de unos 70 años, por su sonrisa, su tranquilidad, su sencillez y la paz que irradiaba. Sin pensárselo dos veces, Gustavo le dijo al Padre que le gustaría hablar con él y quedaron en verse esa misma tarde, al terminar su turno de trabajo en el aeropuerto.

El P. Faré le había dado la dirección y Gustavo se presentó en la casa de los Misioneros Combonianos en Cali. En ese primer encuentro, el joven caleño manifestó al sacerdote la inquietud vocacional misionera que llevaba tiempo sintiendo en su interior. El P. Faré lo escuchó con mucho interés y le dijo que iba a hablar de su caso con los superiores, dado que Gustavo era ya un poco mayor, tenía entonces 43 años, para comenzar la preparación a la vida misionera. Sin embargo, el P. Faré lo animó y le dijo que “para Dios no hay nada imposible”.

El P. Enrique Faré tuvo que trasladarse a México, pero antes de partir puso a Gustavo Montoya en contacto con otro misionero comboniano, el P. Rafael Minurri, que era el responsable de las vocaciones para Ecuador y Colombia. Unos meses más tarde, el P. Minurri fue a Cali e invitó a Gustavo a pasar una semana en una comunidad comboniana de Quito durante sus vacaciones para conocerlo mejor y para que él conociera el estilo de vida del Instituto. “Me desplacé a la capital ecuatoriana y pasé unos días compartiendo la vida con los miembros de la comunidad; esta experiencia me confirmó en mi deseo de dedicar mi vida a la misión”, recuerda el Hno. Gustavo.

El último día de su estancia en Quito, el P. Rafael le comunicó que lo aceptaban para iniciar el camino de formación a la vida religiosa y misionera en el Instituto de los Misioneros Combonianos. Debía arreglar sus asuntos familiares y laborales y, una vez todo estuviera en orden, podía incorporarse a la casa de formación.

El 18 de septiembre de 1984, Gustavo Montoya entró en el postulantado de los Misioneros Combonianos, en Quito, donde permaneció un año nada más. A continuación, pasó al noviciado en Huánuco, Perú. El 3 de mayo de 1987, tras tres años de intensa formación religiosa y misionera, pronunció sus primeros votos junto con tres compañeros ecuatorianos y un peruano. Era el primer misionero comboniano colombiano.

Después, el ya Hno. Gustavo volvió a Quito para un año de formación más especializada, junto con otros siete Hermanos combonianos procedentes de diversos países (Costa Rica, España, Alemania e Italia).

Misionero en Centroamérica

Tras otro año más en el Centro Internacional para Hermanos de Bogotá, el 30 de junio de 1989, terminó su formación y le llegó el momento, tan soñado y esperado, de ir a la misión por primera vez. Lo destinaron a Costa Rica, donde permaneció tres años dedicado a llevar la economía del postulantado comboniano en ese país, que en aquel momento contaba con 18 aspirantes a misioneros. “Allí me sentí muy bien, ayudando a aquellos jóvenes en todo lo que podía y tratando de darles buen ejemplo”, afirma el Hno. Gustavo.

De Costa Rica, lo enviaron a Guatemala para acompañar la construcción de una casa comboniana. Aunque no es constructor, lo encargaron de vigilar que los materiales fueran los adecuados, de asistir al arquitecto en lo que necesitara, de pagar a los trabajadores, etc. Permaneció otros tres años haciendo ese servicio y después lo destinaron a El Salvador. Allí trabajó durante un año en la animación misionera de la iglesia local y en el mantenimiento de la casa de la comunidad.

Al cuidado de ancianos y enfermos

En aquel tiempo, visitó América Central el Superior General de los Misioneros Combonianos, David Glenday, y el Hno. Gustavo le manifestó que le gustaría ir a Italia para ayudar en la atención a los misioneros ancianos y enfermos, porque había escuchado que los superiores necesitaban personas para ese servicio. Unos meses más tarde, recibía la carta oficial de destinación a la provincia comboniana italiana a partir del 1 de julio de 1995.

Llegó a Italia y primero tuvo que ir a Florencia para aprender el italiano. Después lo enviaron a la comunidad de Arco, Trento, donde había unos 18 sacerdotes y hermanos misioneros ya ancianos. Había una enfermera que iba dos o tres horas al día para la medicación y el resto del día Gustavo los asistía en todo lo que necesitaban: alimentarlos, asearlos, sacarlos de paseo, etc.

Un año más tarde, le pidieron que pasara a la recién abierta casa paramisioneros ancianos y enfermos de Milán, donde pasaría los cinco años siguientes. “Allí tuve una de las experiencias más bonitas de mi vida misionera –manifiesta el Hno. Gustavo–. A parte del médico, el P. Manuel Grau, yo era el único comboniano, pero teníamos un grupo de enfermeras y enfermeros que nos ayudaban a atender a más de 30 misioneros, muchos de ellos totalmente impedidos. Fue un privilegio y una constante fuente de inspiración servir a esos hermanos que, tras una larga y sacrificada vida misionera en África y otras partes del mundo, ofrecían ahora sus sufrimientos y oraciones por las misiones. Yo estaba 6 días a la semana -el jueves lo tenía libre-, día y noche, pendiente de las necesidades de aquellos hermanos. En aquellos días de tanto trabajo, yo encontraba mucho consuelo y fuerzas ante el Sagrario”.

En el año 2000, el Hno. Gustavo volvió por un tiempo a Colombia para hacer un poco de animación misionera y cuidar de la casa comboniana en su ciudad natal, Cali. Entre otras cosas se ocupaba de atender logísticamente a los grupos que venían a la casa los fines de semana para retiros, seminarios, encuentros, etc.

El nuevo Padre General, Teresino Serra, destinó a Gustavo de nuevo a Italia para la atención a ancianos y enfermos. Esta vez desempeñó ese servicio durante siete años en la comunidad de Rebbio.

En 2011, el Hermano Gustavo volvía a Colombia, de nuevo a Cali, a la comunidad de Charco Azul, donde se encuentra en estos momentos. Además de dedicarse al mantenimiento de la casa, participa en grupos de oración y se empeña en la catequesis en la capilla que la comunidad comboniana atiende en el barrio. Los martes y los sábados va a la casa de las Misioneras de la Caridad, de la Madre Teresa de Calcuta, para colaborar en la atención de los ancianos, muchos de ellos recogidos de la calle.

“Lo poco que hacemos, lo hacemos con buena voluntad”, repite con convicción el Hno. Gustavo y, concluye, “yo jamás me he arrepentido de haberlo dejado todo, ya adulto, para seguir la vocación misionera; me siento plenamente feliz con la vida de Hermano misionero que he llevado, al servicio de Dios y de los que sufren”.

Copyright Misioneros Combonianos - Colombia 2015