ALTOS DE CAZUCÁ – SOACHA (COLOMBIA)

Un vecino más en el pequeño Chocó

El P. Franco Nascimbene, misionero comboniano que lleva años viviendo en medio de poblaciones marginadas, se estableció hace unos 8 meses en una casa alquilada del barrio El Oasis, en los Altos de Cazucá (Soacha).  Allí comparte la existencia con sus vecinos, especialmente los afrodescendientes. 

Por F. C. Augusto

   

Tras unos días dedicados a arreglar la vivienda y acomodarse en ella, el P. Franco comenzó su vida normal de inserción en el barrio, que incluye  la dedicación de unas cuatro horas cada mañana de 6:00 a 10:00 a la producción y venta ambulante de leche de soya, de donde saca lo necesario para vivir. Las tardes las dedica a buscar y visitar a las familias afro de la zona, conocida como “el pequeño Chocó”.

Según el mismo P. Franco explica, las visitas no siempre han sido fáciles. Ha habido de todo. Desde la persona que no le abre la puerta o le dice claramente que no quiere hablar con él, a la persona que le escucha durante dos minutos y después le dice que está muy ocupada y le despide, o también a la persona que le escucha con interés en la puerta de la casa, le hace pasar y sentarse, y le brinda luego un juguito, un tinto o hasta un plato de comida.

El P. Franco explica que “el hecho de llevar más de treinta años viviendo y trabajando con población negra le ha ayudado a empezar la conversación sobre temas de la vida de ellos”.

En esa primera fase, el misionero no hizo ninguna propuesta a las personas que visitaba. Únicamente se interesaba en conocer y hacerse conocer, escuchar a la gente, descubrir dónde y cómo viven, y entrar en contacto con su realidad, sus valores, sus problemas.

Ha descubierto que, en un radio de unos 15 minutos a pié desde su casa, viven unas 400 familias afros. Ya ha hecho una primera visita a la mayoría de ellas. También ha podido saber que el 80% de ellas son originarias del Chocó,  mientras las demás llegan, en grupos reducidos, de Buenaventura, Guapi,  Tumaco, Urabá, Cali, Medellin o la costa del Caribe.

El P. Franco ha podido comprobar que muchos de los habitantes afro del barrio El Oasis han sido víctimas de algún tipo de desplazamiento. La mayoría de los que tienen un trabajo lo consiguieron en las categorías más bajas: construcción, trabajos domésticos, cocineras; otros viven del rebusque. Muy pocos de ellos  han cursado o están cursando estudios superiores.

El misionero dice que, en la iglesia parroquial del barrio, solo participan regularmente a  la Misa del domingo unas dos o tres viejitas negras, mientras que en la tierra de ellos la participación es más alta. Al parecer, una de las causas del abandono es una cierta actitud  de superioridad  por parte de muchos blancos y mestizos del barrio hacia los negros, que no ayuda a la convivencia y a la organización  de actividades en conjunto.

El P. Franco no se cansa de repetir que la población afro, a pesar de las muchas dificultades que tiene que afrontar, sigue siendo una población alegre, amante de las fiestas, de la música y del baile.

 

Celebración de la Navidad

Al acercarse la Navidad el misionero puso en marcha las primeras iniciativas pastorales con los afros del barrio. En primer lugar organizó, con la ayuda de un grupo juvenil ligado a las Hermanas Salesianas de Soacha, una novena  con tintes afro para niños. Para ello, tuvo tres tardes de formación sobre la historia, cultura y tradiciones afro con los jóvenes que la iban animar, para que las tuvieran en cuenta al preparar la novena.  Unos 40 niños participaron en esas actividades en la canchita del barrio.

También se organizó una novena para los adultos. Cada noche se reunían en la casa de una familia, donde llegaban con un cuadro africano de Navidad, cantando al ritmo del tambor. En la casa que los acogía, reflexionaban sobre uno de los problemas que vive la población afro del barrio y se preguntaban de qué manera iluminaba la Navidad esa realidad. Cada noche participaba una decena de adultos.

El 24 de diciembre concluyeron la novena en la casa del P. Franco. Con cajas y cubos, el misionero preparó 22 asientos en la salita de la casa. Allí celebraron la Misa de Navidad. Después de la Misa, compartieron lo que cada uno había traído y celebraron con galletas, dulces caseros, sodas y algo de vino.

Según el P. Franco, la experiencia navideña fue solo una pequeña semilla que se consiguió sembrar. Su esperanza, al final del año 2015,  fue que la semilla pueda crecer y convertirse en una pequeña planta durante el 2016: que ese encontrarse pueda transformarse en un organizarse para afrontar juntos los muchos problemas de un barrio de marginados.

Dimensión eclesial e intercongregacional

En estos primeros meses de presencia en los Altos de Cazucá,  el misionero ha buscado hacerse presente en todas las reuniones del clero de Soacha y en las de la vida religiosa. Cuando se lo ha pedido y estaba libre, con gusto ha colaborado con Padre Julián, párroco de la zona, y  con algunas otras parroquias cercanas.

El P. Franco está participando también en la comisión nacional de justicia y paz de la Conferencia de Religiosos de Colombia y cada semana baja a la comunidad comboniana de Bogotá a la que pertenece, donde pasa normalmente la tarde del jueves y la mañana del viernes; además asiste al retiro mensual de esa comunidad.

El misionero tiene especial interés en señalar que la casa en que vive es sobria, pero grande. Cuenta con tres habitaciones, porque, desde el comienzo, ha sido su deseo y el de sus superiores que, poquito a poco, se pueda convertir en la sede de un pequeño equipo de pastoral, formado por sacerdotes, religiosos y laicos que quieran compartir ese proyecto de pastoral afro. Eso todavía no se ha dado, pero no pierde la esperanza 

Atracción y testimonio

Desde que el P. Franco se encuentra en el barrio El Oasis se ha producido un fenómeno que le parece interesante.  Según su diario, en los primeros 183 días de su estancia allí,  recibió  120 visitas. Se trata de sacerdotes, religiosas, laicos y jóvenes, solos o en pequeños grupos, que suben a compartir con él un tiempo más o menos largo. Lo que los atrae son dos cosas: la primera es el estilo de vida inserto en el barrio y sobrio, con pocas cosas. La venta ambulante que le permite, además de ganarse el sustento, estar cada día en la calle, codo con codo con la gente del barrio, constituye un estilo de vida que intenta cuestionar una sociedad que nos dice que uno es feliz cuando tiene muchas cosas y mucho dinero. El misionero responde con esta opción de vida  que lo que llena su corazón no son las cosas, sino una relación profunda con Dios y una relación de cercanía, de fraternidad y de solidaridad con los vecinos.

La segunda cosa que parece atraer a los visitantes es la opción del P. Franco por el pueblo afro,  que quiere poner como prioridad de sus  intereses pastorales a quienes nuestra sociedad de la gran capital coloca normalmente en el último puesto.

El misionero se siente contento con estos primeros meses vividos en el barrio. Aunque no haya visto todavía muchos frutos, cree que ha ido preparando el terreno para el trabajo pastoral del nuevo año recién comenzado. Su deseo para este año 2016 es intentar promover y acompañar unas pequeñas comunidades afro que, encontrándose semanalmente alrededor de la Palabra, aprendan a leerla a partir de su vida, de su historia, de su cultura y de sus problemas, y lleguen a adoptar compromisos concretos de servicio a su pueblo y a todos los más pobres.

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