HACIENDO FRATERNIDAD

El padre Franco Nascimbene, comboniano italiano, está convencido de que optar por Jesucristo lo lleva a estar con los pobres, a vivir como ellos, trabajar como ellos y con ellos transformar el mundo en uno mejor. En este artículo narra su experiencia de presencia misionera innovadora en los lugares donde ha misionado y, más concretamente, ahora en Tumaco (Colombia).

Franco Nascimbene, mccj

Tras ser ordenado sacerdote, en 1979, trabajé durante cuatro años en mi tierra natal como animador juvenil, para luego ser enviado a Ecuador. Llegué a la comunidad de Viche, que era un pueblito en la selva, acompañamos unas 50 comunidades campesinas, la mitad era población negra y el resto mestiza; se trabajaba mucho con los pies, porque caminé muchísimo para alcanzar los pueblitos y no había carreteras. Conseguimos que la mayoría de las comunidades tuvieran su encuentro semanal, sin presencia del sacerdote.Ahí estuve durante siete años; fue una linda experiencia por la acogida de la gente, por la forma en que fueron creciendo y organizándose las comunidades... Pero también fue surgiendo en mí un sentimiento de crisis no sobre el hecho de ser misionero, sino sobre la forma de estar presente entre la gente. Esto se debió a varios factores, primero por la lectura de la Palabra de Dios en la que hace referencia a los pobres y yo no era pobre, tenía la casa más bonita de la región, carro, cocinera y dinero que me enviaban de mi tierra; otro aspecto que influyó en esta crisis fue la lectura de los documentos de Medellín y Puebla que hablaban mucho de opción por los pobres, de compartir la vida

de los últimos, de creer en sus medios, de hacer lo que hace la gente, y yo no estaba en esa línea, era como un «Papá Noel» que ayudaba a los pobres y les daba cosas.

La conversión
Después de esa comunidad me enviaron a Guayaquil, que es la ciudad más grande de Ecuador. Ese fue el momento de conversión en mi vida; ya se venía fraguando un cambio profundo en mí: quería cambiar mi estilo de presencia misionera. Un Hermano español y yo se lo propusimos a los superiores y accedieron. Entonces fuimos a vivir a uno de los barrios más pobres y problemáticos de Guayaquil, con gran presencia afro; nuestra casa era igual a la de la gente, en palafitos encima del agua; cortamos con las ayudas económicas extranjeras y decidimos mantenernos con nuestro trabajo, así que buscamos uno. Como observamos que los niños no tomaban leche porque era muy cara, decidimos producir leche de soya y venderla a precio económico. De esta forma, nos identificamos con la gente del barrio: no teníamos carro ni televisión ni teléfono ni computadora, nosotros cocinábamos y limpiábamos nuestra casa, teníamos sólo lo indispensable y trabajamos como vendedores ambulantes, igual que ellos.

Haciendo amistad

A partir de ese momento, trabajábamos durante la mañana y por las tardes nos sentábamos con la gente en los palafitos, conversando, haciendo amistad, tejiendo relaciones y sentimos la necesidad del vecino. Recuerdo que doña Casilda era la única con refrigerador y cuando me sobraba comida, le llevaba mi plato; don Rafael era el único que tenía televisión y cuando un programa me interesaba iba a sentarme a su casa; doña Lucía tenía tres tanques de agua y cuando necesitaba agua, ella nos prestaba uno, y yo prestaba tijeras, cubetas, cosas chiquitas; hacíamos una red de fraternidad.
Luego, poco a poco, empezamos a proponer la formación de pequeñas comunidades, para que el pueblo tomara conciencia de que Dios lo había escogido para cambiar el mundo con sus propios medios. Ante la falta de escuelas, una de las comunidades creó una, pero fue un trabajo duro de dos años; otra comunidad formó una pequeña tienda comunitaria, y otra abrió un centro de formación de la mujer. Es un camino lento, pero a lo largo produce más, porque la gente ya no tiene en la cabeza que sólo los ricos y los gobiernos son capaces de cambiar el mundo; crecen en su autoestima y saben que pueden transformar el mundo. También realizamos catequesis y celebramos eucaristías y demás sacramentos.
Cuando dejamos el barrio después de tres años, una persona decía a los periodistas: «Me da pena que se vayan los padres porque yo sabía que cuando mi casa estaba llena de ratas, también la de ellos; sabía que cuando no llegaba el camión a vender agua, también el padre estaba sin agua, que cuando llovía, también en la casa del padre había goteras y entraba el agua». La gente habló mucho de esa experiencia de fraternidad.
Después viví algo parecido en Quito. El estilo de presencia era el mismo, pero el trabajo era más amplio porque atendíamos a 50 mil personas de comunidades negras dispersadas entre siete u ocho barrios de la periferia norte de la ciudad. Seguí el estilo del apóstol san Pablo: al llegar a un barrio alquilaba una casita con una familia negra, en la mañana trabajaba y en la tarde visitaba a las familias, creando comunidades afro: estaba ahí durante un año y luego me iba a otro barrio a volver a empezar mientras regresaba
al barrio anterior una vez al mes. Así compartía la historia de la gente negra y el mensaje de la Biblia y formaba comunidades organizadas.

 Contra la trata de personas
De 1998 a 2005, presté mi servicio misionero en el mundo de la migración africana en Italia. Viví en una comunidad de tres combonianos, en un pueblo de 21 mil habitantes, donde había 5 mil nigerianos que estaban, en su mayoría, metidos en drogas o prostitución forzada: había unas 500 muchachas esclavas de la prostitución. Por eso el obispo abrió una parroquia especial para los africanos.
Las chicas estaban obligadas a pagar 50 mil dólares por su viaje a Italia, lo cual significaba más o menos 3 años de prostitución forzada. Durante el día se dispersaban en un radio de 70 kilómetros a la redonda. Aprendí inglés para hablar con ellas. Empecé siguiéndolas por la mañana para ubicar dónde trabajaban y por la tarde las visitaba para hablarles, tejer amistad y luego proponerles huir, ofreciéndoles un lugar donde esconderse, comida, arreglar sus documentos, estudiar italiano, capacitarlas en algún oficio y buscarles trabajo lejos de ese pueblo; pero no querían, tenían miedo, habían firmado un contrato que las obligaba a pagar, bajo amenaza de dañar a su familia si no lo cumplían, además les realizaron un ritual vudú antes de salir a Italia, para atemorizarlas.

Ante el pavor que sentían las jóvenes decidimos viajar a Nigeria para entender mejor el problema y pedir consejo de obispos nigerianos. Después creamos un rito para quitarles el miedo. Y resultó; las muchachas estaban felices, unas 60 decidieron huir y las acompañé en el proceso de reiniciar su vida. Yo dejé esta actividad, pero unas religiosas nigerianas lo llevan adelante.

 Formando comunidades
Después me enviaron a Colombia, primero a Cali, pero se cerró esa misión y entonces llegué a un barrio de palafitos en Tumaco, en donde ya llevo casi siete años. La idea es vivir como la gente, ganarme la vida con el trabajo, pasar la tarde con las personas, compartiendo fiestas y dolor, formar comunidades eclesiales de base que se reúnen semanalmente; el reto es que adquieran compromisos de servicio, por eso les propongo que además de rezar y escuchar la Palabra, piensen algo concreto con los demás. Por ejemplo, ante la falta de fuentes de trabajo en el barrio, una comunidad creó una microempresa de transformación del cacao, otra formó una microempresa de producción de harina de plátano y otra vende cloro. Han sido pequeñas experiencias de trabajo comunitario.
En la misa de los domingos hay una respuesta baja, sólo asisten entre 15 y 20 personas, sin embargo, a las comunidades asisten cada semana unas 80 personas. La pequeña comunidad responde más a la exigencia de la gente porque son vecinos, se conocen y comparten la misma problemática y esto permite una experiencia de fraternidad.

 Humanizado por la gente
Por las mañanas preparo 16 litros de leche de soya y la vendo. Salgo por las calles gritando: «¡La leche de soya, a mil 500 pesos colombianos!». La gente sale con su olla y les doy lo que me piden. Llevo 15 años como vendedor ambulante. Por la tarde trabajo en las comunidades y visito familias. Todavía dedico un día a la semana a sentarme en una casa o en un puente, para hacer presencia sin un objetivo especial, sólo para crear hermandad, fraternidad y escuchar a las personas.
El hecho de que mi casa no tenga muchas riquezas, me permite ser aceptado con mucha más facilidad por la gente. La puerta de la casa está abierta, eso lo aprendí de la gente, y la cierro sólo cuando salgo. Por eso la gente se me acerca y establece una relación de vecindad. Esto me humaniza, me hace sentir menos el sacerdote que desde arriba predica y me siento más un hermano que comparte su camino con ellos; me siento un compañero y eso es muy lindo y no tengo ganas de cambiar esta forma de presencia.
Estoy muy contento con mi estilo de vida, no tengo ganas de volver a otro distinto, porque la cercanía de los pobres me llena, me da humanidad y me da experiencia de fraternidad que es más difícil vivir cuando uno vive en una estructura. Me gustaría seguir viviendo así por muchos años más.

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