Educación autogestionada

 “Educar en la Calle Viento Libre” es una iniciativa comunitaria para hacerle frente a la deserción escolar por causa la guerra en el barrio Viento Libre de la Comuna Cinco de Tumaco, Nariño, una de las zonas más afectadas por la violencia del conflicto armado.

Por María Alejandra Riascos

Son 32 de los 90 barrios de Tumaco los que pertenecen a la Comuna Cinco de Tumaco y en ellos habita el 40% de la población de la ciudad,que en su mayoría es gente desplazada de zonas rurales y hoy asentada en barrios informales en sitios de bajamar y manglar.

 Paradójicamente, como sucede con otros barrios de la ciudad, Viento Libre es un barrio receptor y expulsor al mismo tiempo: llegan familias desterradas de sus territorios y se van otras obligadas por la violencia e inseguridad urbana. Además de la situación de desplazamiento forzado, existe el conflicto territorial entre quienes han sostenido estructuras armadas en la comuna. Éstas vigilan, controlan y amedrentan a la comunidad hasta el punto de establecer horarios en los que la población puede transitar, otorgar o negar permisos para ingresar al barrio o delimitar el sector con “fronteras invisibles”. Según personas de la comunidad, la presencia y acciones de grupos armados había disminuido en 2015, pero se ha reactivado en los últimos 2 meses.

Una de las consecuencias de esa violencia es la deserción escolar, debido a las limitaciones que tienen los menores y sus padres para desplazarse hasta el colegio. Por eso, después de una ola de violencia que azotó al barrio durante 2012, cuando solo en un mes estallaron 3 bombas, en 2013 miembros de la comunidad junto a un sacerdote comboniano se pensaron una estrategia para enseñar y acompañar a los niños que no asisten al colegio. La mayoría no asistía a la escuela por culpa de los límites impuestos con las fronteras invisibles, pero también los había que debían trabajar o cuidar a sus hermanos menores mientras sus padres trabajaban.

 

Escuela comunitaria

“Educar en la Calle Viento Libre” no propicia el aprendizaje de niños y niñas en una calle sino que dispone de una escuela en el interior del barrio que ha sido construida sumando esfuerzos: un vecino donó la casa-lote, organizaciones sociales y ONGS aportaron materiales y la comunidad puso la mano de obra, no solamente para levantar las paredes y el techo, sino para mantenerla en pie, para que los niños y las niñas asistan, para que puedan tener alimento en la jornada, libros, cuadernos, lápices y colores.

El nombre tiene relación con un antiguo programa de la Pastoral Social de la Diócesis de Tumaco que se llamó “Educar en la Calle”. A Daniel Zarantonello, sacerdote de la parroquia la Resurrección, ubicada en el sector, le pareció interesante retomar el nombre agregándole la denominación del barrio para provocar mayor apropiación. Por otro lado, se tomó como referente un trabajo similar adelantado en el barrio Nuevo Milenio por otro sacerdote. “Esto lo soñamos juntos”, dice el padre Daniel, que manifiesta que para lograrlo fue clave el trabajo y compromiso de 19 grupos de familias de la parroquia que le apunta al trabajo social más allá de la oración.

 Dos de esas familias son las de Zamira y Luz Dary. Ellas han sido las educadoras desde el principio. Enseñan a leer y a escribir a unos 30 niños y niñas, con edades de entre 6 y 14 años. Es algo así como un proceso de alfabetización de primero y segundo grado. Con gestión, lograron que la institución educativa del sector los incluyera en el sistema, es decir que los menores reciben la enseñanza en la escuela comunitaria pero oficialmente están matriculados en la institución. Así se garantiza que, una vez culminan el proceso de alfabetización, puedan continuar la formación oficial de primaria y bachillerato en una de las sedes.

 

Refuerzo escolar

En 2015, después de dos años de trabajo, salió la primera promoción de “Educar en la Calle Viento Libre”. Veinte muchachos y muchachas pasaron a la Institución Educativa Roberto Mario Bischoff. Con la intención de seguir acompañándolos, construyeron el segundo piso de la escuela y lo dotaron con una biblioteca para ofrecer refuerzo escolar dos días a la semana con el apoyo de otros voluntarios: Nubia, Wilmer e Inés María. Luz Dary relata la emoción que siente cuando algún niño o niña de los que ya pasó al colegio la busca para mostrarle el boletín con buenas calificaciones, pero, sobre todo, le alegra ver el entusiasmo por aprender cuando antes eran niños con muy poca motivación. No siempre todo sale bien y también siente un profundo desánimo cuando se entera de los que no continúan con el proceso. “En muchos casos no hay acompañamiento de los padres o madres, por eso muere el proceso”, explica Luz Dary con algo de tristeza.

“A mí me alienta el hecho de que vengan cada mañana, eso me motiva. Cuando no llegan, siento como rabia”, dice Zamira hablando del grupo actual. Ella es ingeniera agrónoma, se graduó hace 4 años y aunque cuenta que ha tenido ofertas de trabajo de acuerdo con su perfil académico prefiere quedarse en la escuela comunitaria, a pesar de que ahí ni ella ni Luz Dary reciben un salario; solo tienen un auxilio que han conseguido gestionar y que no es regular. Su esposo y su hijo de 10 años también regalan tiempo a la escuela. El niño, por ejemplo, apoya las labores de la biblioteca. Para el padre Daniel, un logro importante es ver el cambio en el comportamiento. “Los chicos cambian su lenguaje… antes dibujaban a sus familias armadas, en su cabeza había un mundo de mucha violencia. Van cambiando, tienen gestos de solidaridad, han recuperado la autoestima, se ven señales”. También dice que otra cosa importante es el empoderamiento de la gente: “Los voluntarios y la comunidad en general, por medio de este tipo de iniciativas, se convencen de que se pueden hacer las cosas desde aquí, que es posible auto organizarse, que no tenemos que esperar que las soluciones vengan de afuera”. Por ejemplo, la institución educativa oficial les ha ofrecido nombrar docentes para la escuela, pero se han negado. “Si no es la gente de aquí que ha estado trabajando e impulsando esto, no nos interesa que vengan docentes contratados por el magisterio o la alcaldía y que tal vez no tengan el compromiso y la entrega que sí han demostrado Zamira y Luz Dary durante todo este tiempo”.

 

Cooperación vecinal

Mientras hablamos con las profesoras, llega Carmen, una vecina, para dejar cilantro. También aparece Wilson, apodado “Gambeta”, para reparar un toma corriente. Él es el presidente de la Junta de Acción Comunal y a la vez coordina la escuela de futbol Gambeta Futbol Club, otra iniciativa para trabajar con los niños en el barrio. Y así es todo el tiempo; siempre hay gente dando de lo que tiene. Una panadería cercana entrega pan dos veces por semana; otros comerciantes aportan la carne, los granos y la verdura; la institución educativa a veces entrega los alimentos correspondientes al comedor escolar al que los estudiantes tienen derecho por estar matriculados; pero a veces la entrega no llega. Por eso no pueden confiar en ese recurso.

Marisol es la encargada de preparar la comida, desayuno y almuerzo. Ella también ha estado aquí desde el principio. “Los niños deben comer bien, para que tengan energía para aprender”, cuenta mientras le pone a la olla de sopa el cilantro que trajo Carmen.

Quienes trabajan en “Educar en la Calle Viento Libre” tienen claro que deben enseñar mucho más que lectura, escritura y matemática. Es primordial hablar y enseñar sobre el amor, la convivencia o el respeto, pues sus alumnos y alumnas han vivido situaciones de violencia en el barrio, en la casa o en el antiguo lugar donde residían. Para ellos y ellas es muy común jugar a la guerra, porque la conocen de cerca, y por eso el mayor reto está en educarlos sobre la paz.

Esta escuela comunitaria es una prueba de que la guerra no ha logrado quebrantarlo todo. Las amenazas no van a desaparecer tan rápido, pero ya se ha formado en los niños y niñas y en sus familias un mínimo de interés en la educación, un entusiasmo por aprender, que seguramente los alienta a continuar el proceso, a no desvanecer y buscar alternativas de solución ante los peligros que afrontan.

En “Educar en la Calle Viento Libre”, poco a poco, se deletrea, dibuja y pinta un Tumaco diferente, con nuevos vientos, más libre, más justo.

 

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