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Hno. Claudio Parotti

HUMANIZAR Y SEMBRAR ESPERANZA

 

El misionero comboniano Hermano Claudio Parotti ha pasado la mayor parte de su vida misionera en Colombia. Llegó en 1998 para completar su formación y, tras cinco años de servicio en su país, Italia, regresó a Colombia en 2007 para compartir su existencia con los habitantes de Tumaco, en la parte suroccidental del Departamento de Nariño, donde lleva ya siete años.

Texto: P. Francisco Carrera

El Hno Claudio guarda muy buenos recuerdos de su primera etapa en Colombia (1998-2001). Vivió en Bogota, pero alternando con experiencias en otras partes del país durante los períodos de receso de sus estudios de Ciencias Religiosas en la Universidad Javeriana.

Fue una experiencia muy enriquecedora porque, recuerda el Hermano, los estudios se basaban en una reflexión y profundización sobre las experiencias vividas, a la luz del evangelio, las ciencias sociales, etc. Este enfoque le ayudó mucho y se convirtió en un estilo de vida que ha venido cultivando desde entonces: “ Incluso ahora –revela con sencillez– mi oración personal se basa en la lectura del evangelio o de algún otro texto bíblico, pero aplicado a lo que estoy viviendo diariamente, al encuentro con las personas y situaciones que me toca vivir. Esto me ayuda a encontrar señales de vida y esperanza aún en las situaciones difíciles que, a veces, como misionero me toca vivir”.

La prioridad para Claudio y sus compañeros en aquel tiempo de formación eran los estudios, la vida comunitaria, la oración… Pero los fines de semana todos ellos se empeñaban en diferentes compromisos pastorales. Durante los primeros tres semestres al Hno. Claudio le encomendaron la visita de los enfermos en Ciudad Bolivar, en la parroquia de Santa Margarita. “He de confesar – recuerda- que, al principio, no estaba muy contento con este tipo de apostolado. Le decía a mi formador que lo que yo quería era estar con la gente, compartir con ellos. Pero él me dijo, ´¿No crees que visitar enfermos, encontrarte con ellos y sus familiares es estar con la gente, compartir con ella?´ Reflexioné y me di cuenta de que tenía razón. A partir de ese momento, las visitas a los enfermos, a veces en lugares muy difíciles y hasta violentos, me resultaron muy enriquecedoras. De tal manera que cuando regresé a Colombia por segunda vez, en Tumaco (Nariño) comencé con ese mismo tipo de apostolado, que me permitió entrar en las casas, compartir con los enfermos y sus familiares, y conocer la realidad”.

Experiencia de conflicto y sufrimiento

En aquella primera etapa en Colombia, al Hno. Claudio también le enriquecieron y, a la vez, cuestionaron las experiencias fuera de Bogota, durante los recesos en la universidad. Lo que más le marcó fue la estancia en el Magdalena Medio, concretamente en Barranca Bermeja y en el municipio de Puerto Vilches. En aquel entonces, años 1999-2001, allí se vivía un conflicto armado muy violento.

“Allí –dice con convicción el hermano– desde la precariedad de la vida, aprendí mucho. Aprendí de un grupo de sacerdotes que cultivaban la espiritualidad del Prado –intentar poner juntos vida y evangelio – y, sobre todo, de la gente que, aún en medio del sufrimiento, me enseñaron a vivir una espiritualidad y un compromiso de vida. En una situación como aquella, el ver a papás y mamás luchando por un futuro mejor para sus hijos era algo que impresionaba y marcaba. Todo eso me ayudó mucho y se complementaba con los estudios que llevaba adelante”.

En diciembre de 2001, El Hno. Claudio se graduó en la Universidad Javeriana y los superiores le pidieron que volviera por un tiempo a Italia para trabajar en la pastoral vocacional con los jóvenes.

Cuando terminó ese servicio de pastoral vocacional, Claudio pidió volver a América Latina, para trabajar en algún ambiente de marginación y exclusión. El gozo fue doble cuando los superiores no solo aceptaron su propuesta de volver a América Latina y sino que, además, lo enviaron de vuelta a Colombia. Ya entonces, le dijeron que iría a integrar el equipo misionero que se encontraba en Tumaco (Nariño), en la costa occidental, un compromiso pastoral que los Misioneros Combonianos habían asumido en 2004.

Inserción en Tumaco

El Hno. Claudio recuerda que llegó a Tumaco el día de su cumpleaños, 25 de noviembre, de 2007. Llegó allí sin ningún proyecto personal concreto; lo único que quería era acompañar a la gente, a la comunidad, en su caminar, en las opciones que habían tomado junto a la comunidad comboniana que ya llevaba allí más de tres años. Al llegar se encontró con que los tres misioneros combonianos que entonces había allí vivían de la forma que él había soñado: estructuras sencillas y cercanía a la gente.

En Tumaco experimentó algo que, afirma, para él fue una verdadera bendición: la prioridad de la comunidad comboniana coincide con la prioridad de la diócesis, que es la promoción de pequeñas comunidades de base o, como se llaman allí, “grupos de familia”. Dicho de otra manera, se trata de fomentar encuentros entre vecinos donde se comparte la vida y la Palabra de Dios. El esquema es muy sencillo: una oración de entrada, cantos, un hecho de vida, un texto bíblico para iluminar el hecho sobre el que se está reflexionando, y, para terminar, un compromiso personal o comunitario.

Tumaco es un mundo diferente al que el Hermano había experimentado en Bogotá. Allí se decía que la vida es “compleja”, en Tumaco se dice que la vida es “enredada”. “Cuando uno llega aquí –dice Claudio– y se pone a compartir con la gente, a escuchar, se da cuenta de lo complicado de la situación social que se vive en Tumaco. Yo comencé visitando enfermos en sus casas con los colaboradores de la pastoral social. En las visitas uno habla también con los familiares y amigos. Así entendí pronto que aunque las cosas están mejorando en Colombia, en Tumaco y en la costa occidental en general todo va más lento. Hay todavía muchas formas de violencia que pisotean la dignidad y la vida de las personas”.

En Tumaco, más del 90% de la población está constituido por afro-descendientes. Solamente la isla, con una extensión de 2km por 3km, tiene una población de unas 85.000 personas. Continuamente aparecen nuevos palafitos en el mar… A una media hora de camino en auto hay también poblaciones indígenas.

Así que, llegando, el Hno. Claudio se encontró metido de lleno en esa situación de sufrimiento: Hay diferentes grupos armados que contribuyen a mantener un ambiente de violencia. En cada barrio hay un grupo que impone su ley. Esto limita mucho el movimiento de las personas. No es aconsejable que personas de un barrio vayan a otro, porque pueden ser considerados “sapos” (espías). A veces, la gente tiene miedo de ir a visitar a sus familiares, que viven a tan solo 80 metros. En Tumaco existe también una gran precariedad en las estructuras de salud. Muchas veces, los enfermos no reciben la atención que necesitan. Esto es otra forma de violencia contra la población.

El aumento del desempleo es otro problema grave que sufre la población de la zona de Tumaco. La gente sabe que en otras partes de Colombia el desempleo está bajando, pero allí se produce el fenómeno contario: la situación laboral está cada vez peor. Mucha gente está perdiendo su trabajo ya que los negocios (restaurantes, comercios, etc) tienen que cerrar porque no pueden pagar las “vacunas” que les exigen algunos grupos violentos.

Muchos hombres se dedican a la pesca y también hay mujeres que se ganan la vida recogiendo moluscos en la playa o cocinando y vendiendo por las calles algo de comida. Tierra adentro, la gente se dedica al cultivo de la tierra, pero en la isla no hay espacio.

Cuando el Hno. Claudio llegó a Tumaco, se vivía un momento de crisis porque casi la totalidad de las palmeras africanas habían muerto a causa de una peste. La industria del aceite de palma, que generaba una buena cantidad de empleos, colapsó de repente. El puerto de la ciudad –que era el segundo en actividad de la costa del pacífico, después del de Buenaventura– se paralizó casi totalmente porque los buques cisterna que iban a recoger el aceite dejaron de atracar. Ahora la actividad es mínima y muchos trabajadores han perdido su empleo.

Otra forma de violencia que se vive allí –explica el Hermano– es el de la irresponsabilidad de un alto porcentaje de maridos y papás, que abandonan a sus familias. Muchas mujeres tienen que hacer de “papá y mamá”; incluso ahora muchas abuelas tienen que hacerse cargo de los nietos. Esto causa muchos problemas a los niños que no crecen en un hogar estable.

“Todo esto produce desesperanza entre los habitantes de Tumaco y nosotros, como misioneros tratamos de llevar esperanza, cosa que no es nada fácil”, añade Claudio

Animación misionera y radio

Al mes de llegar, el Señor Obispo pidió al Hermano que aceptara el encargo de director de las Obras Misionales Pontificas. Poco a poco se hizo una idea de unas cuantas iniciativas misioneras que se llevaban a cabo en las parroquias de la diócesis. Las más comunes eran la infancia misionera y los animadores de enfermos misioneros. Como responsable, le ha tocado coordinar los distintos asesores de la infancia misionera, con quienes se encuentra unas dos veces al año, especialmente con los más cercanos a Tumaco. A todos ellos les envían la revista “Infancia Misionera”. En la parroquia que administran los Misioneros Combonianos, Claudio se me encarga también de coordinar el grupo de infancia misionera junto con algunas asesoras. “Yo nunca había trabajo antes con niños –dice–, y esta experiencia me ha enriquecido mucho, especialmente los testimonio de estos muchachos y muchachas que, a veces, vienen de situaciones difíciles y sin embargo mantienen el optimismo y las ganas de hacer algo por los demás”.  

Un día, el Hermano pasó por la emisora de radio diocesana y le propusieron hacer un programa radial; aunque no tenía experiencia en ese campo, aceptó inmediatamente porque la emisora alcanza a muchas veredas rurales, incluso a las más alejadas del centro. Pensó que podría ser una forma de acompañamiento de las comunidades que son más difíciles de alcanzar. Empezó con un programa por la mañana y pronto le pidieron que lo hiciera también por la tarde. Algunos jóvenes, especialmente una muchacha llamada Diana, se ofrecieron a colaborar en los programas de radio.

Más tarde le ofrecieron hacer otro programa de reflexión y testimonio sobre hechos de la vida diaria. Este programa lo lleva adelante con la colaboración de una profesora muy capaz, de gran experiencia y mucha fe, llamada Nelly. Se trata de un programa en vivo, de una hora de duración y que se emite los domingos.

El Hermano también hace un espacio radial diario llamado “Píldora de amor”, y otros dos programas pregrabados: “Hablemos de misión” e “Iglesia viva”. El colegio Robert Mario Bischoff de Tumaco tiene una emisora en las que se han implicado un buen grupo de jóvenes. El colegio está entre varios barrios conflictivos y muchachos de los distintos barrios llevan adelante este proyecto común. Claudio se reunió con este grupo y, juntos, decidieron iniciar un programa radial para jóvenes, que lleva el significativo nombre de “Valorémonos” y que presenta experiencias de jóvenes y de personas que han apostado por ellos, tratando siempre de destacar lo positivo. El Hermano no se cansa de repetir: “si perdemos lo positivo, perdemos también a Jesús”.

Claudio tiene muy claro el objetivo que tanto él y como los demás agentes pastorales de Tumaco buscan llevar a cabo en el difícil ambiente en que vive la población: “lo que intentamos en todo lo que hacemos –dice– es ‘humanizar las situaciones en que nos encontramos a través de la escucha y puesta en práctica de la Buena Noticia de Jesús. Para eso aprovechamos todas las ocasiones que se nos presentan”.

Pastoral de la escucha

El Hermano Claudio confiesa que todos los días, en su oración personal, pide al Señor la capacidad de “desprogramarse”, porque los imprevistos en Tumaco están al orden del día; son imprevistos porque hay muchas personas que necesitan ser escuchadas y eso no puede ser programado. “A veces, la gente te aborda en la calle o viene a verte porque tiene necesidad de hablar contigo. Esto es muy importante; yo lo llamo la ‘pastoral de la escucha’, que no hace ruido, que muchas veces hace experimentar la impotencia porque te pone en contacto con multitud de problemas que no puedes solucionar… Pero las personas agradecen mucho que las escuchaste y se van aliviadas, porque el clima violente en que viven hace difícil cultivar la confianza en otras personas. Las personas acumulan problemas, tensiones que necesitan descargar. Escucharlas en uno de nuestros servicios como pastores y misioneros”.   

BOGOTÁ - CIH
Misioneros Combonianos
Cra. 60 N°. 75a-13
SANTAFÉ DE BOGOTÁ DC
(Colombia)
tel. +57-1/225.0311
e-mail:
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CENTRO INTERNACIONAL DE HERMANOS
Abierto en enero de 1989, d. Bogotá.

Ubicación: Barrio Simón Bolivar.

Hno. Binaghi Marco, sup.
P.  Perfetti Gabriel
P. Franco Nascimbene
P. Luis Alfredo Pulido

 

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ALTOS DE CAZUCÁ – SOACHA (COLOMBIA)

Un vecino más en el pequeño Chocó

El P. Franco Nascimbene, misionero comboniano que lleva años viviendo en medio de poblaciones marginadas, se estableció hace unos 8 meses en una casa alquilada del barrio El Oasis, en los Altos de Cazucá (Soacha).  Allí comparte la existencia con sus vecinos, especialmente los afrodescendientes. 

Por F. C. Augusto

HACIENDO FRATERNIDAD

El padre Franco Nascimbene, comboniano italiano, está convencido de que optar por Jesucristo lo lleva a estar con los pobres, a vivir como ellos, trabajar como ellos y con ellos transformar el mundo en uno mejor. En este artículo narra su experiencia de presencia misionera innovadora en los lugares donde ha misionado y, más concretamente, ahora en Tumaco (Colombia).

Franco Nascimbene, mccj

Tras ser ordenado sacerdote, en 1979, trabajé durante cuatro años en mi tierra natal como animador juvenil, para luego ser enviado a Ecuador. Llegué a la comunidad de Viche, que era un pueblito en la selva, acompañamos unas 50 comunidades campesinas, la mitad era población negra y el resto mestiza; se trabajaba mucho con los pies, porque caminé muchísimo para alcanzar los pueblitos y no había carreteras. Conseguimos que la mayoría de las comunidades tuvieran su encuentro semanal, sin presencia del sacerdote.Ahí estuve durante siete años; fue una linda experiencia por la acogida de la gente, por la forma en que fueron creciendo y organizándose las comunidades... Pero también fue surgiendo en mí un sentimiento de crisis no sobre el hecho de ser misionero, sino sobre la forma de estar presente entre la gente. Esto se debió a varios factores, primero por la lectura de la Palabra de Dios en la que hace referencia a los pobres y yo no era pobre, tenía la casa más bonita de la región, carro, cocinera y dinero que me enviaban de mi tierra; otro aspecto que influyó en esta crisis fue la lectura de los documentos de Medellín y Puebla que hablaban mucho de opción por los pobres, de compartir la vida

de los últimos, de creer en sus medios, de hacer lo que hace la gente, y yo no estaba en esa línea, era como un «Papá Noel» que ayudaba a los pobres y les daba cosas.

La conversión
Después de esa comunidad me enviaron a Guayaquil, que es la ciudad más grande de Ecuador. Ese fue el momento de conversión en mi vida; ya se venía fraguando un cambio profundo en mí: quería cambiar mi estilo de presencia misionera. Un Hermano español y yo se lo propusimos a los superiores y accedieron. Entonces fuimos a vivir a uno de los barrios más pobres y problemáticos de Guayaquil, con gran presencia afro; nuestra casa era igual a la de la gente, en palafitos encima del agua; cortamos con las ayudas económicas extranjeras y decidimos mantenernos con nuestro trabajo, así que buscamos uno. Como observamos que los niños no tomaban leche porque era muy cara, decidimos producir leche de soya y venderla a precio económico. De esta forma, nos identificamos con la gente del barrio: no teníamos carro ni televisión ni teléfono ni computadora, nosotros cocinábamos y limpiábamos nuestra casa, teníamos sólo lo indispensable y trabajamos como vendedores ambulantes, igual que ellos.

Haciendo amistad

A partir de ese momento, trabajábamos durante la mañana y por las tardes nos sentábamos con la gente en los palafitos, conversando, haciendo amistad, tejiendo relaciones y sentimos la necesidad del vecino. Recuerdo que doña Casilda era la única con refrigerador y cuando me sobraba comida, le llevaba mi plato; don Rafael era el único que tenía televisión y cuando un programa me interesaba iba a sentarme a su casa; doña Lucía tenía tres tanques de agua y cuando necesitaba agua, ella nos prestaba uno, y yo prestaba tijeras, cubetas, cosas chiquitas; hacíamos una red de fraternidad.
Luego, poco a poco, empezamos a proponer la formación de pequeñas comunidades, para que el pueblo tomara conciencia de que Dios lo había escogido para cambiar el mundo con sus propios medios. Ante la falta de escuelas, una de las comunidades creó una, pero fue un trabajo duro de dos años; otra comunidad formó una pequeña tienda comunitaria, y otra abrió un centro de formación de la mujer. Es un camino lento, pero a lo largo produce más, porque la gente ya no tiene en la cabeza que sólo los ricos y los gobiernos son capaces de cambiar el mundo; crecen en su autoestima y saben que pueden transformar el mundo. También realizamos catequesis y celebramos eucaristías y demás sacramentos.
Cuando dejamos el barrio después de tres años, una persona decía a los periodistas: «Me da pena que se vayan los padres porque yo sabía que cuando mi casa estaba llena de ratas, también la de ellos; sabía que cuando no llegaba el camión a vender agua, también el padre estaba sin agua, que cuando llovía, también en la casa del padre había goteras y entraba el agua». La gente habló mucho de esa experiencia de fraternidad.
Después viví algo parecido en Quito. El estilo de presencia era el mismo, pero el trabajo era más amplio porque atendíamos a 50 mil personas de comunidades negras dispersadas entre siete u ocho barrios de la periferia norte de la ciudad. Seguí el estilo del apóstol san Pablo: al llegar a un barrio alquilaba una casita con una familia negra, en la mañana trabajaba y en la tarde visitaba a las familias, creando comunidades afro: estaba ahí durante un año y luego me iba a otro barrio a volver a empezar mientras regresaba
al barrio anterior una vez al mes. Así compartía la historia de la gente negra y el mensaje de la Biblia y formaba comunidades organizadas.

 Contra la trata de personas
De 1998 a 2005, presté mi servicio misionero en el mundo de la migración africana en Italia. Viví en una comunidad de tres combonianos, en un pueblo de 21 mil habitantes, donde había 5 mil nigerianos que estaban, en su mayoría, metidos en drogas o prostitución forzada: había unas 500 muchachas esclavas de la prostitución. Por eso el obispo abrió una parroquia especial para los africanos.
Las chicas estaban obligadas a pagar 50 mil dólares por su viaje a Italia, lo cual significaba más o menos 3 años de prostitución forzada. Durante el día se dispersaban en un radio de 70 kilómetros a la redonda. Aprendí inglés para hablar con ellas. Empecé siguiéndolas por la mañana para ubicar dónde trabajaban y por la tarde las visitaba para hablarles, tejer amistad y luego proponerles huir, ofreciéndoles un lugar donde esconderse, comida, arreglar sus documentos, estudiar italiano, capacitarlas en algún oficio y buscarles trabajo lejos de ese pueblo; pero no querían, tenían miedo, habían firmado un contrato que las obligaba a pagar, bajo amenaza de dañar a su familia si no lo cumplían, además les realizaron un ritual vudú antes de salir a Italia, para atemorizarlas.

Ante el pavor que sentían las jóvenes decidimos viajar a Nigeria para entender mejor el problema y pedir consejo de obispos nigerianos. Después creamos un rito para quitarles el miedo. Y resultó; las muchachas estaban felices, unas 60 decidieron huir y las acompañé en el proceso de reiniciar su vida. Yo dejé esta actividad, pero unas religiosas nigerianas lo llevan adelante.

 Formando comunidades
Después me enviaron a Colombia, primero a Cali, pero se cerró esa misión y entonces llegué a un barrio de palafitos en Tumaco, en donde ya llevo casi siete años. La idea es vivir como la gente, ganarme la vida con el trabajo, pasar la tarde con las personas, compartiendo fiestas y dolor, formar comunidades eclesiales de base que se reúnen semanalmente; el reto es que adquieran compromisos de servicio, por eso les propongo que además de rezar y escuchar la Palabra, piensen algo concreto con los demás. Por ejemplo, ante la falta de fuentes de trabajo en el barrio, una comunidad creó una microempresa de transformación del cacao, otra formó una microempresa de producción de harina de plátano y otra vende cloro. Han sido pequeñas experiencias de trabajo comunitario.
En la misa de los domingos hay una respuesta baja, sólo asisten entre 15 y 20 personas, sin embargo, a las comunidades asisten cada semana unas 80 personas. La pequeña comunidad responde más a la exigencia de la gente porque son vecinos, se conocen y comparten la misma problemática y esto permite una experiencia de fraternidad.

 Humanizado por la gente
Por las mañanas preparo 16 litros de leche de soya y la vendo. Salgo por las calles gritando: «¡La leche de soya, a mil 500 pesos colombianos!». La gente sale con su olla y les doy lo que me piden. Llevo 15 años como vendedor ambulante. Por la tarde trabajo en las comunidades y visito familias. Todavía dedico un día a la semana a sentarme en una casa o en un puente, para hacer presencia sin un objetivo especial, sólo para crear hermandad, fraternidad y escuchar a las personas.
El hecho de que mi casa no tenga muchas riquezas, me permite ser aceptado con mucha más facilidad por la gente. La puerta de la casa está abierta, eso lo aprendí de la gente, y la cierro sólo cuando salgo. Por eso la gente se me acerca y establece una relación de vecindad. Esto me humaniza, me hace sentir menos el sacerdote que desde arriba predica y me siento más un hermano que comparte su camino con ellos; me siento un compañero y eso es muy lindo y no tengo ganas de cambiar esta forma de presencia.
Estoy muy contento con mi estilo de vida, no tengo ganas de volver a otro distinto, porque la cercanía de los pobres me llena, me da humanidad y me da experiencia de fraternidad que es más difícil vivir cuando uno vive en una estructura. Me gustaría seguir viviendo así por muchos años más.

BOGOTÁ - CAM

 

BOGOTÁ (1) - Sede de la delegación, CAM
Misioneros Combonianos
Casa Daniel Comboni
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SEDE de la DELEGACIÓN y CENTRO DE
ANIMACIÓN MISIONERA,
abierto el 30 de enero de 2003,
dedicado a S. Daniel Comboni, d. Bogotá.

P. Antonio Villarino, sup. del.
P. Savoia Rafael 
P. Francisco Carrera Augusto 
Hno. Alberto Mora
P. Fernando Flores

 

Revistas: "IGLESIA SINFRONTERAS" y "AGUILUCHOS" / Radio Iglesia Sinfronteras

   

Sede CAEDI (Centro Afrocolombiano de Espiritualidad y Desarrollo 

 

 

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