CARTA A LA FAMILIA COMBONIANA

EN OCASIÓN DEL ‘AÑO DE LA MISERICORDIA’

 

Este Corazón adorable, […] exuberante de toda gracia, no conoció un instante desde su formación en que no palpitase del más puro y misericordioso amor por los hombres. Desde la sagrada cuna de Belén se apresura a anunciar por primera vez la paz al mundo: niño en Egipto, solitario en Nazaret, evangelizador en Palestina, comparte su suerte con los pobres, invita a que se le acerquen los pequeños y los desdichados, conforta y cura a los enfermos, devuelve los muertos a la vida, llama al buen camino a los extraviados y perdona a los arrepentidos; moribundo en la Cruz, en su extrema mansedumbre ruega por sus mismos crucificadores; resucitado glorioso, manda los Apóstoles a predicar la salvación al mundo entero (E 3323).

Queridos todos, miembros de la Familia Comboniana:

Con esta carta, fruto de la oración y reflexión que compartimos juntos los representantes de todos los Institutos al final del Año de la Vida Consagrada y al inicio del Año Jubilar de la Misericordia, queremos ofrecer a todos ustedes, miembros de la Familia Comboniana, algunas reflexiones y, sobre todo, deseamos invitar a cada uno(a) de ustedes a vivir en profundidad los desafíos y las oportunidades que el Año Jubilar nos ofrece a cada uno y a todos, como familia.

Con este propósito, les proponemos una Jornada de oración, recordando aquello que decía nuestro Fundador: la omnipotencia de la oración es nuestra fuerza (E 1969).

Miserando atque eligendo: amados-perdonados / llamados-perdonados

Llamadas(os), por gracia de Dios, a seguir a Cristo en las huellas de San Daniel Comboni – nos ha escogido antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados ante Él en la caridad” (Ef 1, 4) – tenemos, como parte integrante del DNA carismático, la invitación a contemplar el Corazón traspasado de Cristo en la Cruz, expresión más elocuente de la misericordia infinita de Dios por la humanidad entera para dejarnos transformar, y para que también nosotros nos convirtamos en abrazo de amor y misericordia para todas(os). Esto, “para alabanza y gloria de su gracia che nos ha sido dada en su amado Hijo, en el cual obtenemos la redención por su sangre, la remisión de los pecados según la riqueza de su gracia” (Ef 1, 6-7).

Como todas(os) discípulas(os) de Cristo, somos conscientes que el evangelio que queremos anunciar nos supera. Sabemos bien que el seguimiento de Jesucristo, que nos llama a testimoniarlo con nuestra vida y palabras, es exigente y no siempre estamos a la altura del mensaje que Él nos confía: nos falta, a veces, la profundidad para vivir conforme a nuestra vocación.

En la oración personal, en la vida sacramental, en la dirección espiritual y en el encuentro con nuestras hermanas y hermanos experimentamos la misericordia de Dios. Estamos agradecidos con el Espíritu Santo que actúa en nuestro corazón, donándonos el espíritu de arrepentimiento y purificación. Agradezcamos a Dios por esa alegría de sentirnos perdonadas(os) pues nos renueva y hace capaces de recomenzar cada día.

Misericordes sicut Pater: dentro de nuestras comunidades y familias

Dios nos ama y perdona haciéndonos experimentar este misterio a través del encuentro personal con Él y expresa su misericordia a través de nuestro hermanos y hermanas. En nuestras comunidades y familias estamos llamados(as) a reconocernos recíprocamente, gracias al Espíritu Santo que nos une alrededor de Jesús y nos convierte en cenáculos de apóstoles.

En la vida diaria, en los momentos de corrección fraterna y en nuestros encuentros y reuniones, descubramos la manera en la que podemos experimentar la misericordia recíproca. Nos ayudamos a crecer, a purificarnos y a reconciliarnos cuando todos nos esforzamos en vivir la buena noticia del amor misericordioso de Dios.

Los hermanos, hermanas y familiares demuestran que nos perdonan cuando caminan pacientemente a nuestro ritmo; nos acercan al amor cuando nos dan confianza, pese a nuestros límites. Cuando la comunidad y la familia viven la misericordia, convirtiéndose en espacio de gracia, lugar de sanación y reconciliación en el que se construye la comunión de vida, sin negar las fatigas, debilidades y limitaciones propias y ajenas.

Todo esto califica la experiencia de misericordia que se vive entre nosotros. La misericordia no es contraria a la justicia cuando expresa la actitud de Dios hacia el pecador, ofreciéndole siempre la posibilidad para arrepentirse, convertirse y creer” (MV 21).

Misericordes sicut Pater: en la comunidad apostólica

Dios nuestro Padre nos ha llamado a servirlo y a trabajar juntos, como comunidad apostólica. En este lugar de colaboración, nosotras(os) somos desafiadas(os) a ponernos en actitud ‘de salida’ saliendo de nosotras(os) mismas(os) para configurarnos a Cristo, siervo obediente. Llamadas(os) a vivir el nuevo mandamiento del amor: que se amen unos a otros; como yo los he amado, así ámense también ustedes unos a otros (Jn 13, 34-35), el Señor nos dona las gracias necesarias para compartir su misericordia y nos da la capacidad de perdonarnos.

El don de la misericordia nos permite salir de nosotras(os) mismas(os), de practicar gestos de ternura y de ser caritativas(os) entre nosotras(os), es decir, practicar las obras de caridad espirituales y corporales entre nosotras(os).

Con frecuencia, es difícil para nosotros ‘vivir la misericordia’, hacer nuestros los sentimientos del corazón de Jesús. A veces, nos es fácil ser caritativas(os) con las personas que están fuera de nuestras comunidades/familias, olvidando aquellos con los cuales vivimos y trabajamos cotidianamente, como comunidades evangelizadoras. Dios, que nos quiere misericordiosas(os) desea que practiquemos la misericordia, antes de todo, entre nosotros y con los más cercanos.

Misericordes sicut Pater: con el pueblo de Dios

Nuestro ministerio, nos invita a confiar en el pueblo de Dios que nos acoge en Su nombre. La experiencia nos enseña que si somos humildes y abiertas(os), nuestras(os) y hermanas(os) serán misericordiosas(os) con nosotras(os). Actitudes arrogantes o de superioridad de parte nuestra darán pie a otro tipo de respuesta. La llamada a vivir de misericordia, como la vivió Comboni, nos obliga a emprender un camino de conversión y sanación, para poder vivir nuestras relaciones con sencillez, humildad y humanidad.

Misericordes sicut Pater: con nuestros institutos

El hecho de sentirnos miembros de un Instituto, grupo o familia comboniana, tendría que fortalecer el sentimiento de amor, de sano orgullo y de gratitud hacia el mismo. Pero, a veces, en su lugar encontramos sentimientos de amargura, crítica destructiva, “el terrorismo de las habladurías”, como lo llama el Papa Francisco. Se podría decir que esto es parte de nuestra condición humana, marcada por el pecado, todavía en el camino de la transformación. Nuestras debilidades no deberían sorprendernos o ser motivo de escándalo, poniendo en riesgo nuestro sentido de pertenencia y la alegría de ser combonianas(os), o disminuir el deseo y el propósito de vivir, en forma digna, la llamada a ser Santos y Capaces, siguiendo las huellas de san Daniel Comboni.

En este año de la Misericordia, dejémonos reconciliar con nuestros límites y heridas y revistámonos verdaderamente… de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia…” (Col 3, 12) y, así, reavivar nuestro amor hacia la gran Familia Comboniana.

Misericordes sicut Pater: instrumentos de la misericordia

La experiencia de la misericordia nos llena de alegría y nos empuja a proclamar que su misericordia y su amor es desde siempre (Sal 25, 6).

A ejemplo de san Daniel Comboni, la experiencia de la misericordia divina nos dilata el corazón y hace que abramos los brazos hacia la humanidad sufriente a fin de que …podamos también nosotros consolar a aquellos que se encuentran en cualquier tipo de aflicción con el consuelo con el cual también nosotros somos consolados por Dios (2 Cor 1, 4). A través de nuestro testimonio, servicio y presencia entre el pueblo de Dios, a través de nuestro ser misión, somos llamadas(os) a participar en la obra salvadora del Dios misericordioso revelado en Jesús.

Y entonces… Celebramos la misericordia

En este Año Jubilar, por intercesión de María, Madre de la Misericordia, pedimos a Dios Padre el regalo de reconocernos necesitadas(os) de su Misericordia y deseosas(os) de ser reconciliadas(os): con nosotras(os) mismas(os), con las hermanas y hermanos en comunidad, con nuestros parientes, con nuestra(os) colaboradoras(os), con los Pueblos a los que servimos, con nuestros Institutos y grupos combonianos.

Les invitamos, pues, a todos los miembros de la Familia Comboniana; SMC, ISMC, MCCJ, LMC y a los otros Grupos/Movimientos que se inspiran en el carisma comboniano, a celebrar, el 17 de marzo próximo, el XX Aniversario de la Beatificación de San Daniel Comboni, con una Jornada de oración-contemplación de la Misericordia de Dios en Comboni. Es una invitación, como hijas e hijos a dejarnos transformar por la Misericordia de Jesús y reavivar nuestra compasión y compromiso de anunciar, con palabras y acciones, al Dios-Misericordia a las hermanas y hermanos más abandonados y sufrientes.

Con grande afecto les saludamos:

Los Consejos Generales y el Coordinador del Comité Central de los LMC:

SMC – Hermanas Misioneras Combonianas,

ISMC – Instituto de las Misioneras Seculares Combonianas

MCCJ – Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús

LMC – Laicos Misioneros Combonianos

Roma, 28 de febrero de 2016

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