Misioneros Combonianos - Colombia

PROFESIÓN PERPETUA DE LA HNA. BEATRIZ HELENA PEDRAZA

Tú me has traído amigos que no me conocían.
Tú me has hecho sitio en casas que me eran extrañas.
Tú me has acercado lo distante
Y me has hermanado con lo desconocido.
Mi corazón se inquieta si tengo que dejar mi albergue acostumbrado.
Olvido que lo antiguo está en lo nuevo y que en lo nuevo vives también tú…
(R. Tagore)

Este pensamiento de Tagore describe un poco lo que ha sido mi vida como Misionera Comboniana. Ir al encuentro de lo desconocido, fiándome de Dios, donde este encuentro con lo desconocido, una vez conocido, pasa a ser amado y hace parte de la propia experiencia de vida, de la historia

Soy Beatriz Helena Pedraza García, la tercera de 4 hijos, nací en el municipio de Guasca – Cundinamarca (Colombia). Allí me inicie en la vida cristiana recibiendo los sacramentos de Bautismo, Primera Comunión y Confirmación. Cuando joven trabaje como Ministra de la Eucaristía, un servicio que me gustaba porque para mi era como ir al encuentro de Jesucristo en el rostro de cada enfermo, también participaba en un grupo de laicos en la Corporación Minuto de Dios en Bogotá donde organizábamos algunas actividades para reunir dinero y ayudar a personas que atravesaban por una situación difícil. Esto era una forma de estar juntos y hacer algo de beneficio social. En el lapso de este tiempo fui suscriptora y lectora de la Revista Iglesia Sinfronteras la cual me fue animando y sembrando en mi ese deseo de ir mas allá de mis propias fronteras,  de entregar mi vida a la misión, entonces decidí escribir por correo a los Misioneros Combonianos, y les comente mi inquietud vocacional, ellos lo reenviaron a la promotora vocacional con la cual empecé mi camino de discernimiento participando en un grupo de jóvenes llamado América Misionera, allí conocí más de cerca y por medio de testimonios la vocación misionera, me llamaba  mucho la atención sobre todo el conocer a Daniel Comboni que había combinado la promoción humana y la evangelización al mismo tiempo y como dice  el cantautor peruano Luis Enrique Ascoy «Y fue allí donde comenzó la vida y la vida se decidió a vivir» comenzó como una nueva luz y nuevo sentido para mi vida a pesar del temor y la timidez que me albergaban.
Fue así como después de un año y medio, decidí entrar en la formación con las hermanas Misioneras Combonianas. No fue una decisión fácil, porque debía dejar un trabajo de doce años, separarme de mi familia y amigos, pero me acompañaba la certeza que algo o mejor Alguien mejor me invitaba a ir más allá de mis seguridades de la comodidad, de lo conocido, para ir y compartir con los otros aquello que del Señor había recibido.
Después de haber hecho dos años de postulantado en Peru y dos años de noviciado en Ecuador, hice mi primera profesión y fui destinada a Mozambique, donde he vivido mis primeros seis años como Misionera Comboniana
Mozambique un país lleno de personas que en su sencillez me han enseñado a darme cuenta que lo que nos hace felices y da sentido a nuestra vida no es aquello que tenemos o sabemos, sino quienes somos y cómo compartimos con los demás nuestra vida.
Una de nuestras prioridades como Combonianas en Mozambique es la promoción de la mujer es por esto que en la mayoría de las misiones donde estamos presentes tenemos internados donde las jóvenes llegan para poder asistir a la escuela, ya que muchas veces las distancias entre la casa y la escuela son enormes.
Los primeros tres años viví Nampula donde tenemos un internado especial llamado Lar Elda, donde acogemos niñas en situación de riesgo (huérfanas, abandonadas o de familia muy pobres) niñas que desean construir un futuro diferente y no tienen la posibilidad. Viviendo junto con ellas aprendí el valor de la escucha, de la acogida, del respeto entre unas y otras. Son niñas que a pesar de la adversidad luchan por seguir adelante y viven agradecidas por lo poco que podemos hacer por ellas.
Después destinada a la misión de Mangunde en la cual trabaje por tres años como coordinadora del internado femenino, donde llegan jóvenes de diferentes partes de la Provincia (Departamento) para encontrar una posibilidad de formación integral, académico, humano y espiritual. Son jóvenes en la etapa de la adolescencia que precisan mucho de la escucha de ser guiadas en sus decisiones.
El pueblo de Mozambique es pueblo muy acogedor que te hace sentir como de su propia familia, de su propia casa. Te reciben con alegría te hacen sentar en la misma estera (tapete de paja), comparten contigo aquello que tienen sin limitaciones, hasta su propia vida. En las celebraciones todos comparten lo que Dios hablo a su corazón y eso hace que la fe y la fraternidad entre unos y otros crezca más.  En toda esta experiencia muchas veces más que hermana me sentí Madre de estas niñas, pero también me sentí hija cuando necesitaba aprender algo de la cultura, ser acompañada e incluso ser consolada y recibir animo
Después de esta mi primera experiencia de misión donde siento que he crecido en mi manera de vivir mi ser mujer consagrada a la misión, donde he comprendido un poco lo que significa la cruz en la misión como fruto de redención, el vivir ser piedra escondida, trabajar con Dios y ser una pequeñísima semilla que dará fruto un día. El pasado 8 de diciembre he dado mi SI DEFINITIVO PARA LA MISION, en mi Parroquia de origen, S. Jacinto de Guasca (Colombia). Para mí ha sido el día más importante de mi vida donde he pedido a Comboni poder tener su mirada larga capaz de intuir y ver la mano de Dios en las diferentes realidades, donde solo la fe y el abandono incondicional pueden llegar.
Regresaré de nuevo a Mozambique, sé que como siempre continuare viviendo experiencias que quedan grabadas en el corazón porque es bonito descubrir que el Amor hecho carne se sigue encarnando en diferentes realidades y cambiando la mentalidad y la manera de vivir y esto pienso nos hace hermanos. No es fácil lo sé, pero nunca me dijeron que ser misionera Comboniana lo fuera, a decir verdad me siento más evangelizada que evangelizadora, la misión me ha educado en la confianza, a acoger las personas es decir “dar tiempo”, a confiar en la providencia.
Para terminar quiero hacer mías las palabras de San Juan Pablo II “No tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo”, de perderlo todo para ganarlo Todo que es Él.
Hna. Beatriz Helena Pedraza