Misioneros Combonianos - Colombia

"No podemos callar lo que hemos visto y oído" (Hechos 4, 20)

 Un Misionero es aquel que conoce y ama a Jesucristo y hace que otros también lo conozcan y lo amen. No existe ningún misionero sin el dinamismo de salida hacia otros. La misión y el dinamismo de salida siempre son realidades mutuamente relacionadas. La misión en salida es la vida y la vocación propia de la Iglesia. A lo largo de la historia misionera de la Iglesia, hay varios personas comprometidas, santos y beatos que han sido prototipos de la misión en salida: los santos apóstoles, san Pedro Claver, san Daniel Comboni, san Javier, san Junípero Serra, santa Madre Laura Montoya,  Madre Teresa de Calcutta, beato José Allamano, beata Irene Stefani, Mateo Ricci, cardenal Guillermo Massaia, entre otros. Se trata de hombres y mujeres que donaron su vida para la evangelización de los pueblos. Todos los misioneros y las misioneras dispersos por todo el mundo son ejemplos de la misión en salida.

“Salir” como característica de la vocación misionera. El misionero es la persona enviada en nombre de la Iglesia para proclamar exclusivamente la Buena Nueva que es Jesucristo, único Salvador del mundo. Esa misión requiere una salida en todas las dimensiones de la vida. No se puede hablar de que uno es misionero si no vive la experiencia de salir. Somos misioneros y misioneras de Jesucristo en la medida en que tenemos la capacidad de salir para encontrarnos con nuestros hermanos y hermanas que tienen la sed de Dios, o que tal vez no hayan tenido la oportunidad de que se les comunique a Jesucristo. Por eso, el dinamismo de salida es una condición sine qua non para los discípulos misioneros de Jesucristo. Para que eso se dé, hay que tener en cuenta lo siguiente:

Salida de las costumbresEl Señor nos llama a seguirle como misioneros y misioneras desde el seno de nuestras culturas y costumbres. No nos llama desde la nada. Nos llama para que estemos con Él y para enviarnos a predicar (Mc, 3, 14). Sin embargo, el envío que Jesús da a todos los misioneros y misioneras les obliga a salir de sus esquemas condicionados por la propia historia. Así que, nuestra vocación en salida requiere una salida de costumbres que heredamos desde nuestros ámbitos familiares, continentales y de nuestros países. Hay que aceptar que no es cosa fácil desarraigarnos de nuestras costumbres y tradiciones que hemos adquirido desde que nacimos. El arraigo de las costumbres en nuestro ser se percibe con esta frase comúnmente utilizada: “siempre se ha hecho así”.  Esta frase sintetiza cuan se aferra uno a las costumbres. Muestra  también una mentalidad que no está dispuesta a cambiar.

Salida de los prejuicios:  Se trata de ideas preconcebidas que todos tenemos hacia los demás, que cada cultura tiene hacia otras culturas. Se nota, a menudo, la presencia de prejuicios con estas frases: “esas personas son así, esa cultura es así, tenían que ser ellos o ellas”. Los prejuicios normalmente son grandes barreras que afectan la interacción con otros, la apertura hacia otros, el encuentro con otros diferentes, y el aprecio de otros totalmente diferentes del propio ambiente. Para ello, la vocación misionera requiere cultivar una mentalidad que aprecie a otros diferentes con su riqueza cultural. Requiere dar cabida en la propia vida a la mentalidad de que todos “somos iguales” porque tanto ellos como nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Esa igualdad de hijos e hijas de Dios es el punto de arranque para erradicar los prejuicios que hemos heredado de nuestros contextos donde provenimos.

Salida de la mentalidad de la superioridad de la propia culturaEs obvio que la cultura de uno parezca superior a las demás, pues la cultura es el conjunto de sentidos y significaciones que informan la vida de un pueblo. Para eso, cada cultura particular tiende a tener ese orgullo de querer ponerse por encima de las demás, y de dominarlas. La vocación misionera con su dinamismo de salida requiere relativizar la propia cultura. No se trata de relegar la propia cultura a la insignificancia, sino que versa sobre considerar la importancia de otras culturas a la misma trascendencia que tiene la propia. Ese esfuerzo cultiva el aprecio y la igualdad entre las culturas. Relativizar la cultura propia ayuda a contrarrestar la mentalidad de superioridad cultural que se tiene hacia otras culturas y hacia las personas provenientes de culturas diferentes.

Salida de la multiculturalidad a la interculturalidadEl Señor nos escoge para ser misioneros desde los ámbitos multiculturales. Son ámbitos donde se evidencia la presencia de culturas heterogéneas donde a veces no hay relaciones positivas y armónicas entre sí. Acordemos que la multiculturalidad en sí es la diversidad de culturas dentro de un determinado espacio, local, regional, nacional o internacional, sin que necesariamente tenga una relación entre ellas. Si bien provenimos de sociedades donde se evidencia la pluralidad de culturas, es cierto que podemos crecer y vivir sin aprecio hacia otros que poseen la cultura diferente a la propia. Para ello, la vocación misionera requiere hacer esfuerzo de salir del encerramiento de la multiculturalidad para abrazar la interculturalidad. La interculturalidad es la relación positiva y armónica que existe entre diferentes culturas. Las personas de esas culturas aprenden lo positivo que hay en cada cultura. Esa relación intercultural normalmente cultiva el aprecio de una cultura hacia la otra, prepara la base para que haya igualdad y convivencia armónica en la sociedad entera.

Salida del miedo de alejarse de la comodidad del propio entornoA todos nos causa temor salir de nuestro ambiente, pues es el que nos protege, nos complace y nos acomoda. Podemos ser misioneros tanto adgentes como intergentes, es decir, fuera del propio entorno (departamento, continente, país, región, etc.), o dentro del propio contexto (País, Iglesia local, etc.). En ambas realidades, se necesita la  salida de la comodidad que nos proporciona nuestro propio entorno en el que crecimos. Hay siempre ese miedo de salir, pues la salida implica perder la comodidad que nuestros ambientes nos dan. La vocación misionera demanda sacudir con constancia ese miedo. La vocación misionera necesita salir de la comodidad y protección que nuestro entorno nos proporciona a fin de encontrarse gozosamente con aquellos a los cuales el Señor nos envía para su misión. Todo eso muestra que la salida es una característica propia de la vocación misionera. Su esencia propia es el movimiento constante hacia afuera. Vale notar que la misión hacia afuera “significa movimiento de amor evangelizador más allá de lo que es familiar, conocido, hacia la diversidad; más allá de las fronteras…significa proseguir el camino centrifugo de Jesús, enviado del Padre con la fuerza del Espíritu”